viernes, 1 de agosto de 2014

LA CRISIS DE LA DEMOCRACIA Y LA LECCION DE LOS CLASICOS. NORBERTO BOBBIO

1. Mi razonamiento se basa en una frase que se lee al final de la carta programática con la que se ha convocado la convención sobre “La política entre sujetos e instituciones”: “En el espacio de la política parecen anudarse, en sustancia, todas las cuestiones planteadas (en términos incluso internacionales). Por ello resulta inevitable preguntarse si no están cambiando sus connotaciones, sus leyes de movimiento, su forma de producirse”. No, no estoy de acuerdo. E, incluso, me pregunto si en estos días, ante la explosión de la violencia terrorista en el interior de nuestro estado y a la forma en que responde nuestro gobierno limitando las libertades constitucionales, por un lado, y frente a la invasión de Afganistán por parte de la Unión Soviética, y al modo en que responde la otra gran potencia amenazando con sanciones económicas y medidas militares en el escenario internacional, por el otro, la política no muestra, más que nunca, su real, inmutable y profunda naturaleza. A la pregunta de si no están cambiando las  y las  de la política, siento la tentación de responder, aun cuando sólo sea como una especie de provocación: Nil sub sole novi. Y de repetir con Maquievelo: .(1)
No he citado a Maquiavelo por casualidad. Para no engañarnos por las apariencias ni ser inducidos a creer que cada diez años la historia empieza de nuevo, es preciso tener mucha paciencia y saber escuchar de nuevo las lecciones de los clásicos.  Una lección que Marx había aprendido y que los marxistas y neomarxistas, que desdeñan demasiado a menudo ir más allá de Marx, han olvidado casi siempre. Entre otras cosas creo que actualmente el marxismo está atravesando una de sus crisis recurrentes y, si no me engaño, una de las mayores, y que el único modo serio de volver a darle a Marx el sitio que le corresponde en la historia del pensamiento político (no me refiero a la historia del pensamiento económico y a la historia de la filosofía que están fuera de nuestro debate pero presumo que el argumento no debería ser tan distinto) sea el de considerarlo como uno de los clásicos cuyas lecciones deben ser continuamente escuchadas y profundizadas, aun cuando no se esté dispuesto a creer que la verdad empieza en él y acaba con él.
Según la lección de los clásicos, que se suele hacer empezar por comodidad en Maquiavelo únicamente porque el pensamiento de Maquiavelo acompaña la formación del estado moderno, pero que se podría hacer empezar mucho más atrás, una lección, téngase en cuenta, que es también la de Marx, la política es la esfera donde se desarrollan las relaciones de dominio, entendido dicho dominio en su expresión más intensa, como el poder que puede recurrir, para alcanzar sus propios fines, en última instancia, o extrema ratio, a la fuerza física. Dicho de otra forma, el uso de la fuerza física, aún en última instancia, aún como extrema ratio, es carácter específico del poder político. El estado puede ser definido como el detentador del poder político y, por tanto, como medio y fin de la acción política de los individuos y de los grupos en conflicto entre sí, en cuanto es el conjunto de las instituciones que en un determinado territorio disponen, y están capacitadas para valerse de ella en el momento oportuno, de la fuerza física para resolver el conflicto entre los individuos y entre los grupos. Y puede disponer, y está capacitado para utilizar, de la fuerza física por cuanto tiene el monopolio de la misma. El abc de la teoría del estado, prescindiendo del cual no se logrará nunca comprender porque existe el estado, y al no comprenderlo se fantasea acerca de una posible extinción del mismo, es la hipótesis hobbesiana, que brevemente puede enunciarse así: la necesidad del estado nace de la convicción racional de los individuos según la cual el uso indiscriminado de las fuerzas privadas en libre competencia entre sí genera un estado autodestructivo de guerra de todos contra todos, y de la consiguiente renuncia por parte de cada uno al uso privado de la fuerza en favor del soberano que, a partir del momento en que se produce dicha renuncia, se convierte en el único titular del derecho a disponer de ella. La expresión , que se deriva de una evidente y correcta analogía entre la eliminación del libre mercado y la eliminación de la libre guerra, no es de Hobbes, sino de Max Weber, quien al adoptarla no se olvidó que antes que nada era un economista. Pero sirve perfectamente para representar la hipótesis hob-besiana del estado que nace de la necesidad en la que se encuentran los individuos racionales de sustituir la pluralidad de los poderes de los individuos singulares por la unidad del  (esta expresión sí que es de Hobbes).(2)
No es distinto el concepto que Marx tiene del estado, con la diferencia de que él explica de una forma mucho más realista el nacimiento del estado no partiendo de una hipotética guerra de todos contra todos, que tuvo lugar en un estado de naturaleza construido racionalmente, sino de una histórica lucha de clases derivada, a su vez, de la división del trabajo, con la consecuencia de que esa  que es, según Marx, el estado, es considerada no ya como el , sino como el poder de la clase dominante y, por tanto, el poder de una parte de la sociedad sobre la otra.
No valdría la pena insistir sobre la validez nunca venida a menos de la hipótesis hobbesiana si no fuera por la injustificada fortuna que ha tenido una interpretación del pensamiento de Hobbes, según la cual el estado de naturaleza, que Hobbes define repetidamente como de , ha sido entendido no como una representación llevada hasta sus últimas consecuencias de la guerra civil, o también del estado de guerra permanente tal vez más frecuentemente en estado latente entre los estados soberanos, sino como una prefiguración de la sociedad de mercado.(3) De una interpretación de este tipo se puede decir que, en vez de intentar comprender el pensamiento político de Marx a través del de Hobbes, ha intentado comprender el pensamiento político de Hobbes a través del de Marx, con el resultado de falsear el primero y hacer menos comprensible el segundo. Cualquier lector atento de las obras de Hobbes sabe cuantos y de que peso son los párrafos en los que éste identifica al estado de naturaleza con el estado de guerra y, en particular, con el estado de guerra civil, y por lo tanto con el antiestado, y que pocos e insignificantes son los párrafos que se pueden aducir estrujando y comprimiendo los textos para encontrar en la descripción del estado de naturaleza la prefiguración de la sociedad de mercado. Pero prescindiendo incluso del examen de los textos, la sociedad de mercado es, en la interpretación histórica corriente, exactamente lo opuesto al estado de naturaleza hobbesiano: mientras que éste es la esfera en la que se desencadenan las pasiones humanas, como la avidez por la ganancia, la desconfianza recíproca y la vanagloria, aquélla es concebida desde los inicios de la ciencia económica como el campo en el que hacen su aparición y son puestos a prueba los intereses bien calculados y el que el hombre ejercita ese cálculo de los intereses que según la definición hobbesiana de la razón como cálculo, es la más elemental expresión de la racionalidad humana. Y dado que es un cálculo racional lo que induce al hombre a salir del estado de naturaleza y a instituir la sociedad civil, ésta se contrapone cabalmente como estado del hombre de razón con el estado de naturaleza entendido como estado del hombre de pasión. En otras palabras, mientras el estado de naturaleza hobbesiano es el estado en que los hombres seguirían viviendo si no fueran también seres racionales, o sea, capaces de hacer el cálculo de sus propios intereses, la sociedad de mercado es una de las más singulares expresiones, como el lenguaje, de la racionalidad espontánea, por cuanto consiste en una red de relaciones cuya armonía no depende de una imposición, como lo es precisamente la que es ejercida por el estado para dominar las pasiones, sino que se deriva de una composición natural, o sea, inherente a la propia naturaleza de los intereses en juego (la denominada ). Como tal, el mercado no debe evitarse o suprimirse sino que debe redescubrirse y liberarse de todos los obstáculos que le impiden su libre movimiento, provenientes precisamente de ese poder político que, según Hobbes, representa en cambio el triunfo de la razón sobre la no razón, de la racionalidad impuesta (porque, para Hobbes, la racionalidad sólo puede ser impuesta como la libertad para Rousseau) sobre la espontaneidad que es por sí misma irracional y acaba por conducir al hombre naturaliter pasional a su propia perdición. Que los primeros críticos de la economía burguesa, entre los que estaba el propio Marx, hayan visto en la sociedad de mercado, además del producto de una racionalidad espontánea, la fuente de una permanente anarquía, de una hobbesiana guerra de todos contra todos, no es una buena razón para retrotraer una crítica de este tipo a Hobbes, para el cual la disolución del estado que traslada a los hombres al estado de naturaleza no depende tanto de causas económicas sino de la difusión a través de los demagogos y los falsos profetas de teorías sediciosas. Si es cierto que Marx ha puesto al hombre de pie con respecto a Hegel, con mayor razón eso es cierto con respecto a Hobbes.
Una vez admitido, por tanto, que existe un estado cuando sobre un determinado territorio se ha llevado a cabo el proceso de monopolización de la fuerza física, de ello se sigue que el estado, o la , como se dice ahora, deja de existir cuando, en determinadas situaciones de acentuada y e irreducible conflictualidad, el monopolio de la fuerza física va a menos o incluso, como sucede en las relaciones internacionales, no ha existido nunca. Una prueba de ello es que el estado puede consentir a la desmonopolización del poder económico, como sucedió en el período aúreo de la formación (y aún más de la ideología) del estado burgués, concebido como puro instrumento de regulación de los conflictos económicos que surgen en la sociedad civil, del estado no intervencionista, o neutral. Puede consentir a la desmonopolización del poder ideológico, como sucede siempre en los estados no confesionales (en el más amplio sentido de la palabra), en los que no existe una religión o, lo que es lo mismo, una doctrina o una ideología oficial, y son reconocidos los derechos de libertad religiosa y opinión pública. Pero no puede consentir a la desmo-nopolización del uso de la fuerza física sin dejar de ser un estado. Que Hobbes considerase necesario, además del monopolio de la fuerza física, también el monopolio del poder ideológico (pero no del poder económico), no impide que la conditio sine qua non de la existencia del estado fuera para él no el segundo sino el primero, hasta tal extremo que él combate como , que deben prohibirse, todas esas teorías que, de una u otra forma, discuten la necesidad del estado precisamente como único detentador del poder coactivo.
Que exista un estado cuando en un determinado territorio existe un centro de poder que detenta el monopolio de la fuerza no significa que este inmenso y exclusivo poder constituido por la posesión del monopolio de la fuerza sea ejercido en todos los estados de la misma forma. El estado que ejercita el poder coactivo , como habría dicho Montesquieu, es el estado despótico, el estado en su esencia,o, si se quiere, el estado en el momento de su origen ideal del desorden, del caos, de la anarquía del estado de naturaleza. Pero el estado despótico no se identifica con el estado tout court. En los grandes estados de occidente la historia ideal del estado puede ser representada como recorriendo otras dos etapas: la del estado de derecho y la del estado que, además de ser de derecho, es también democrático.
El estado de derecho, entendido el derecho kelsenianamente como el conjunto de las normas que reglan el uso de la fuerza, puede ser definido como el estado en el que el poder coactivo no es ejercido por el soberano a su arbitrio sino que existen unas normas generales y abstractas, y por tanto no válidas caso por caso, que establecen quién está autorizado a ejercer la fuerza, cuándo, o sea, en qué circunstancias, cómo, o sea, a través de qué procedimientos (lo cual significa que, excepto en caso de fuerza mayor el poder ejecutivo puede usar la fuerza de que dispone sólo después de un proceso regular), y en qué medida, lo que tiene como consecuencia que deba haber una determinada proporción, establecida de una vez por todas, entre culpa y castigo. A diferencia de lo que ocurre en el estado despótico, en el estado de derecho es posible distinguir no sólo la fuerza legítima de la ilegítima (considerando legítima cualquier acción que provenga del soberano, o sea del que posee el poder efectivo), sino tambien la fuerza legal de la ilegal, o sea, la fuerza basándose en leyes preestablecidas y la fuerza utilizada contra las leyes. La lucha por la instauración y el progresivo perfeccionamiento del estado de derecho es la lucha para el establecimiento y la ampliación de los límites del uso de la fuerza. Considero otras tantas batallas para el estado de derecho, entendido rigurosamente como el estado en el que el uso de la fuerza es paulatinamente regulado y limitado, las batallas para la mejora de las condiciones de vida en los manicomios y en las cárceles. Lo que se cuestiona en estas batallas es la limitación del uso de la fuerza tomando como base la distinción entre uso lícito y uso ilícito, y a través de las restricciones del uso lícito y la ampliación del ilícito. Una ley que establece que los padres no pueden pegar a sus hijos, ni los maestros a sus alumnos, entraría perfectamente en el esbozo general del estado de derecho, o sea, en un tipo de estado en el que cada forma de ejercicio de la fuerza física esta regulada por unas normas que permiten distinguir el uso legal del uso ilegal.
Recurrir a la fuerza es el medio tradicional y más eficaz (tradicional precisamente por su gran eficacia) de resolver los conflictos sociales. Y no basta regularlo para limitarlo y aun menos para eliminarlo. Uno de los mayores problemas de cualquier convivencia civil es de crear instituciones que permitan resolver los conflictos, si no todos los conflictos que puedan surgir en una sociedad, al menos la mayor parte, sin que sea necesario recurrir a la fuerza, más bien a la fuerza legítima, porque es la ejercida por el soberano, y legal, porque es ejercida en el ámbito de las leyes que la regulan. El conjunto de las instituciones que hacen posible la solución de los conflictos sin recurrir a la fuerza constituyen, además del estado de derecho, el estado democrático, lo que equivale a decir el estado en el que está vigente la regla fundamental de que en cada conflicto el vencedor no es ya quien tiene más fuerza física sino más fuerza persuasiva, o sea, aquél que con la fuerza de persuasión (o de la hábil propaganda o incluso de la fraudulenta manipulación) ha logrado conquistar la mayoría de votos. Utilizando un lenguaje funcionalístico se puede decir que el método democrático es el sustituto funcional del uso de la fuerza para la solución de los conflictos sociales. Un sustituto no exclusivo, pero del que no se puede desconocer su enorme importancia para reducir el ámbito del puro dominio: el debate en vez del enfrenta-miento físico, y después del debate el voto en vez de eliminar físicamente al adversario. Mientras la institución del estado de derecho influye sobre el uso de la fuerza regulándola, la institución del estado democrático influye en ella reduciendo su espacio de aplicación.
La distinción de estos tres momentos en la formación del estado moderno -el estado como pura potencia, el estado de derecho y el estado democrático- es un esquema conceptual que vale lo que vale. Vale como todos los esquemas para poner un poco de orden en la discusión. Y, en particular, a mí me sirve para iniciar un debate sobre la actual crisis de las instituciones en nuestro país. Invirtiendo el orden de los tres momentos, la gravedad de la crisis institucional de nuestro país consiste en el hecho de que, ante todo, está en crisis el estado democrático (sobre el cual deseo detenerme de modo particular en la segunda parte de mi exposición); y está en crisis el estado de derecho en el sentido de que están yendo a menos algunas garantías acerca del uso de la fuerza legítima; está en crisis el propio estado como tal, en cuanto pura potencia, como se hace cada día más evidente al ver extenderse la violencia privada y la increíble capacidad que la misma tiene para resistir eficazmente a la ofensiva de la violencia pública. Se trata de tres crisis distintas, que se sitúan a tres distintos niveles de la formación del estado moderno, pero que están estrechamente relacionadas. La ineficiencia de nuestra democracia induce a grupos revolucionarios y subversivos a intentar resolver con la fuerza los problemas que el método democrático mal usado no logra resolver, lo cual pone en entredicho al propio estado como el único detentador de la fuerza legítima; la tendencia resolver los conflictos con la fuerza conduce a la gradual suspensión de algunas normas características del estado de derecho; el deterioro del estado de derecho agrava la crisis de la democracia dando lugar a un auténtico y real círculo vicioso.

miércoles, 18 de junio de 2014

Pequeño terrorismo psicológico


lunes, 10 de febrero de 2014

Los informáticos y la marihuana (1979)

Las personas de hoy —más acomodadas e instruidas que sus padres y situadas ante más elecciones vitales— rehusan, simplemente, ser masificadas. Cuanto más difieren entre sí las personas por lo que se refiere al trabajo que hacen o a los productos que consumen, más exigen ser tratados como indivi­duos... y más resistencia oponen a horarios socialmente impuestos.


Pero a otro nivel se puede detectar el origen de los nuevos y más personaliza­dos ritmos de la tercera ola en una amplia gama de tecnologías que están penetrando en nuestras vidas. Las video-cassettes y grabadoras televisivas, por ejemplo, permiten a los televidentes grabar programas en el momento en que se están emitiendo, y contemplarlos en las ocasiones que quieran. Escribe el columnista Steven Brill: “Dentro de los próximos dos o tres años, la Televisión dejará, probablemente, de imponer los horarios ni aun de los más acérrimos teleadictos.” El poder de las grandes redes de televisión —las NBC, las BBC o las NHK— de sincronizar la audiencia está tocando a su fin.


También el computador está empezando a remoldear nuestros horarios e incluso nuestras concepciones del tiempo. De hecho, es el computador lo que ha hecho posible el horario flexible en grandes organizaciones. En su forma más simple, facilita el complejo entretejimiento de miles de horarios flexibles, personalizados. Pero también altera nuestras pautas de comunicación en el tiempo permitiéndonos acceder a los datos e intercambiarlos tanto “sincrónica­mente” (es decir, simultáneamente) como “asincrónicamente”.


Lo que eso significa queda ilustrado por el creciente número de usuarios de computadores que practican en la actualidad las “conferencias por computador.


Esto permite a un grupo comunicarse con otro por medio de terminales instalados en sus hogares o en sus oficinas. Actualmente, unos 660 científicos, futuristas, planeadores y educadores de varios países sostienen entre sí prolongados debates sobre energía, economía, descentralización o satélites espaciales a través de lo que se conoce con el nombre de Sistema Electrónico de Intercambio de Información. Teleimpresores y pantallas de video instalados en sus hogares y oficinas permiten optar entre comunicación instantánea y comunicación aplazada. Situados a muchas zonas horarias de distancia, cada usuario puede elegir enviar o recuperar datos cuando sea más conveniente. Una persona puede trabajar a las tres de la madrugada si así le apetece. Alternativamente, varias pueden coger línea al mismo tiempo si así lo deciden. Pero el efecto que el computador produce en el tiempo es mucho más profundo, influyendo incluso en la forma en que pensamos acerca de él. El computador introduce un nuevo vocabulario (con términos como “tiempo-real”, por ejemplo) que clarifica, designa y reconceptualiza fenómenos temporales. Empieza a sustituir al reloj como el más importante instrumento marcador del tiempo o fijador del ritmo en la sociedad.


Las operaciones del computador se realizan tan rápidamente, que procesamos de manera rutinaria los datos a través del computador en lo que podría denominarse “tiempo subliminal” —intervalos demasiado breves para que los detecten los sentidos humanos o para que se adapten a ellos los tiempos de facción nerviosa humana—. Tenemos ahora teleimpresores operados por computador capaces de producir entre diez mil y veinte mil líneas por minuto, velocidad más de doscientas veces superior a la que nadie puede utilizar para leerlas, y esto es sólo la parte más lenta de los sistemas de computadores. En un período de veinte años, los científicos de computadores han pasado de hablar en términos de milisegundos (milésimas de segundo) a nanosegundos (milmillonésimas de segundo, una compresión del tiempo que escapa casi a nuestra capacidad imaginativa). Es como si la vida laboral entera de una persona de, por ejemplo, 80.000 horas pagadas —2.000 horas anuales durante cuarenta años— pudiera ser comprimida en el simple lapso de 4,8 minutos. “ Más allá del computador encontramos también otras tecnologías o productos que contribuyen a la desmasificación del tiempo. Drogas que influyen en el estado de ánimo (por no hablar de la marihuana) alteran la percepción del tiempo CD nuestro interior. A medida que vayan apareciendo drogas de este tipo mucho Vas sofisticadas, es probable que, para bien o para mal, incluso nuestro sentido interior del tiempo, nuestra experiencia de duración, se torne más individualizado y menos universalmente compartido.


Durante la civilización de la segunda ola, las máquinas se hallaban toscamente sintonizadas una con otra, y las personas de la cadena de producción eran luego sincronizadas con las máquinas, con todas las innumerables consecuencias socia­les que derivaban de este hecho. En la actualidad, la sincronización de la máquina ha alcanzado niveles tan exquisitamente elevados, y la velocidad de incluso los trabajadores humanos más rápidos resulta, en comparación, tan ridículamente lenta, que se pueden obtener extraordinarios beneficios de la tecnología, no aco­plando trabajadores a la máquina, sino desacoplándolos de ella.


Dicho de otra manera: durante la civilización de la segunda ola, la sincroniza­ción de la máquina encadenaba a los humanos a las aptitudes de la máquina y aprisionaba toda su vida social en un marco común. Así lo hizo, por igual, en las sociedades capitalistas y en las socialistas. Ahora, al hacerse más precisa la sincronización de la máquina, los humanos, en vez de quedar aprisionados, son progresivamente liberados.


Una de las consecuencias psicológicas de esto es un cambio de la puntualidad en nuestras vidas. Nos estamos moviendo ahora de una puntualidad genérica a una puntualidad selectiva o situacional. Llegar a tiempo —como nuestros hijos quizá perciben borrosamente— no significa ya lo que significaba antes.


Como hemos visto, la puntualidad no era terriblemente importante durante la civilización de la primera ola, fundamentalmente porque el trabajo agrícola no era altamente interdependiente. Con la llegada de la segunda ola, el retraso de un trabajador podía dislocar inmediata y dramáticamente el trabajo de muchos otros en la fábrica o la oficina. De ahí la enorme presión cultural para asegurar la puntualidad.


En la actualidad, como la tercera ola trae consigo horarios personalizados, en lugar de horarios universales o masificados, las consecuencias de llegar tarde están menos claras. Llegar tarde puede producir contrariedad a un amigo o un compañero de trabajo, pero sus erectos disruptores sobre la producción, aunque potencialmente graves en ciertos puestos, van siendo cada vez menos evidentes. Resulta más difícil — especialmente a los jóvenes — distinguir cuándo es realmen­te importante la puntualidad y cuándo es exigida por la simple fuerza de la costumbre, la cortesía o el ritual. La puntualidad continúa siendo vital en algunas situaciones; pero, a medida que se extiende el computador y la gente tiene posibilidad de acoplarse a ciclos horarios distintos, disminuye el número de trabajadores cuya eficacia depende de ella.


El resultado es menos presión para que se llegue “a tiempo” y la difusión entre los jóvenes de actitudes más despreocupadas con relación al tiempo. La puntualidad, como la moralidad, se torna situacional.





En resumen: a medida que avanza la tercera ola, desafiando la vieja forma industrial de hacer las cosas, cambia la relación con el tiempo de la civilización entera. Está desapareciendo la vieja sincronización mecánica que destruía tanto de la espontaneidad y la alegría de vivir y simbolizaba virtualmente la segunda ola. Los jóvenes que rechazan el régimen “de nueve a cinco”, que son indiferentes a la puntualidad clásica, quizá no comprendan por qué se compor­tan como lo hacen. Pero el tiempo mismo ha cambiado en el “mundo real”, y, junto con él, nosotros hemos cambiado las reglas básicas que antaño nos regían.







Alvin Toffler (1979)

sábado, 18 de enero de 2014

El firmamento lleno de cuervos

Desde mi amplia ventana de Bfevnov, allí mismo donde terminaba mi pequeño huerto, veía yo el verdor de los bro­tes del campo desde el otoño hasta el verano siguiente. Detrás del campo había unas canteras abandonadas que en ve­rano se llenaban de esbeltos tallos de perejil. Más allá de las canteras, la carretera bajaba a un valle, luego había otro cam­po y, después, un bosquecillo pedregoso. Cuando en marzo abría la ventana de par en par y acercaba mi silla, podía escu­char las alondras como desde un palco del Teatro Nacional.Hace tiempo que el espacio que había delante de mi ventana está tapado. Algún tiempo atrás, los brotes se cam­biaron en las alambradas que cercan las casas y las villas. Las perdices y los faisanes que antaño entraban en nuestros huertos, ya no se dejan ver ni en invierno, y las liebres que a menudo correteaban entre nuestros pies, han huido más le­jos. Sólo los cuervos han permanecido fieles a nosotros y pa­rece que, a cada nuevo año, su número aumenta. Llegan siempre a finales de octubre, cuando ya es casi seguro que no hará un solo día bueno. Se reúnen en bandadas, llenan el aire con sus gritos ominosos y les gusta posarse sobre las dé­biles ramas de los abedules, que bajo su peso se inclinan hondamente.


Una vez, en otoño, enterré en el abono una liebre des­trozada y ya maloliente. La desenterraron en seguida y a partir de entonces prestan una especial atención a nuestro huerto. Desasosegados y estrepitosos, vuelan arriba y abajo. Y tengo la sensación de que debajo de nuestras ventanas es­tán montando un catafalco.

A partir de su mitad, el otoño suele ser aún más triste. Cada uno de nosotros se detiene a pensar un momento y mira perplejo a su alrededor.

El espacio de vida que hemos atravesado se llena enton­ces de rostros amables y amados, que nuestros ojos buscan allí mientras los invocan en el alma.

Entre miles de ellos he descubierto un rostro olvidado y estoy evocando un conocimiento. Desde mis años estudian­tiles yo encontraba en la actual Avenida Nacional a un ca­ballero de edad, con un bastón y un aplastado sombrero ne­gro. Yo le saludaba cortésmente. Él me sonreía y, con un gesto amistoso, se llevaba la mano al sombrero. Era Ignát Herrmann. Al cabo de muchos años, al final de los veinte, me paró y, por lo visto movido por la curiosidad, me pre­guntó quién era. Así, sin más, nos conocimos.

—Joven —me dijo Herrmann—, de mi generación ya no me queda nadie en el mundo. Todos han muerto y estoy completamente solo.

En torno a nosotros retumbaba la Avenida Nacional, llena de gente que pasaba de prisa o estaba parada, y yo me negaba a dar crédito a sus palabras. Si aquí mismo había una multitud de los que le conocían y le leían. No, él no es­taba abandonado.

Un otoño, a principios de los veinte, publicamos una antología de nuestro grupo Devétsil. Herrmann me lo re­cordó con una leve sonrisa. Ya no puedo decir para qué des­tacamos especialmente aquel otoño también en la portada. El libro levantó entonces una polvareda. ¿Cuántos queda­mos de los que entonces nos habíamos reunido en torno a aquel libro y cuyos nombres venían mencionados en una de sus últimas páginas? ¡Sólo dos o tres! Y yo soy el único que todavía grita por lo bajo «¡Hurra!» y moja la pluma en el tintero. Todos los demás han muerto. Miro atrás buscando sus rostros. Los encuentro, pero en seguida se confunden en el gris de mi mala memoria.

Abro aquella lectura antigua y siento tristeza. El perfu­me de los recuerdos me ahoga. El amargo aliento de las vie­jas caricias se ha enfriado hace mucho. ¡Cuántos nombres había! Ivan Goll, Foujita, Georg Grosz, Zadkin, Kisling, Archipenko... Pronuncio nombres que hoy ya no me dicen tanto. ¡Y estoy pensando en otros!

¡Qué felicidad habría sido la mía, si hubiese podido es­trechar la mano de Vancura! ¡Qué no daría por poder fumar una pipa en Slávie con Teige! Si, por casualidad, yo no tu­viese una pipa, me la prestaría gustoso. Siempre tenía los bolsillos llenos de ellas y las iba cambiando. ¡Cuánto me gustaría tomar en Suter una botella de vino con Vítézslav Nezval! En este momento no puedo pasar por alto los días en que nos recitaba temperamentalmente «El asombroso mago» que justamente acababa de ser publicado por prime­ra vez en aquella antología nuestra. Fui yo mismo quien lo llevó a la imprenta y hasta hoy vuelven a mí, como por en­salmo, sus maravillosos primeros versos:

Sueñas con una cultura nueva y yo te canto otra vez, llena de reverberos, fuente con la tigresa...

Vuelvo las páginas amarillentas, y tampoco puedo dejar de recordar las últimas líneas del artículo programático de Karel Teige que cierra la antología:

La belleza del nuevo arte es de este mundo. La misión del arte es la de crear bellezas análogas y cantar, con imáge­nes arrebatadoras y con insospechados ritmos poéticos, toda la belleza del mundo.

También en el libro las cinco últimas palabras vienen resaltadas con mayúsculas y encerradas entre dos manos im­presas, con los índices extendidos. Nos gustaba mucho aquel signo, e incluso lo insertamos en algunos poemas.

Desde la publicación de la antología de Devétsil han pasado mucho más de cincuenta años. Está haciendo un melancólico día de octubre. He estado de nuevo en la Ave­nida Nacional. La vida fluía alrededor de mí con tanta prisa que la mirada no conseguía seguirla. Pero me ha parecido que estoy solo en el mundo.


Jaroslav Seifert.

viernes, 27 de diciembre de 2013

La leyenda urbana de los caramelos y las calcamonías con droga.

Todo empezó en unas notas fotocopiadas que vi en la comandancia de la Guara Civil en 1999. Decían así:

ASUNTO: TATUAJE (sic) IMPREGNADO EN ESTUPEFACIENTE Por comunicaciones dimanantes de la 7ª Zona y de las comandancias de Ciudad Real y León, se tiene conocimiento de la posible existencia de un tipo de tatuaje impregnado el (sic) LSD, denominado «estrella azul», que pudiera estar siendo vendido a los niños en los colegios.

A su vez también han sido detectados los panfletos (sic) en las localidades de Sant Joan Despí (B) y Mataró (B).

Dicha información se ha conocido a través de panfletos que advierten a la población del peligro del uso del tatuaje, difundiendo sus características para poder ser identificados (sic).

Los panfletos son de dos tipos, de los que se adjunta copia, apareciendo en uno de ellos emblemas de la Guardia Civil y un llamamiento a la colaboración ciudadana con el Cuerpo, no habiendo tomado parte ninguna Unidad del mismo en su confección.

Hasta el día de la fecha, no se tiene constancia de la veracidad de la noticia y no ha sido detectado ninguno de estos tatuajes.  Siendo conveniente que se preste especial atención a la posible existencia y distribución de los mismos, ante la alarma social que la divulgación de los panfletos está causando.

Caso de ser detectados tales tatuajes o los panfletos se informará al COS de esta Comandancia.

El primer «panfleto» está encabezado con una súplica patética, escrita en cuerpo 20 y negrita: «LÉEME POR FAVOR».  El texto dice así: LLAMADA DE ATENCIÓN PARA LOS PADRES Un tipo de tatuaje llamado «estrella azul» está siendo vendido en los colegios a los niños.  Su forma es de una pequeña pieza de papel que contiene una estrella azul.  Tiene el tamaño de una goma de borrar y ésta (sic) impregnada de LSD.  La droga es absorbida a través de la piel simplemente manoseando el papel.  También hay tatuajes de colores brillantes que parecen sellos de correos y contienen imágenes de: SUPERMAN, MICKEY MOUSE, PAYASOS, MARIPOSAS, DIBUJOS DISNEY, BART SIMPSON, MARIPOSAS.  Cada uno está envuelto en papel de aluminio de forma atractiva para los niños/jóvenes.  ESTÁN LLENOS DE DROGA.  Son conocidos por reaccionar rápidamente estando algunos de ellos llenos de estricnina.  Esta es una nueva forma de venta de LSD, y en definitiva de crear nuevos adictos.  Por favor comenten esto con los niños, jóvenes, etc. Sobre la peligrosidad de este tipo de tatuajes.

El segundo «panfleto», en el que figuran dos emblemas de la Guardia Civil, dice exactamente lo mismo, pero en mayúsculas y enmarcado.  Un añadido a pie de página reza: «Si observan algo, pónganlo en conocimiento».  Junto a él hay un número de teléfono: el 062.

Como aquellas cartas amenazadoras que exigen ser copiadas tres veces y enviadas a otros tantos destinatarios, el «panfleto» siguió circulando irrefrenablemente y llegó incluso a la prensa.  El 29 de Julio de 1999, el diario La Mañana, uno de los más importantes de Lleida, abría su portada con el siguiente titular: «Bando en Guissona al detectarse el uso de LSD en calcomanías».  En la página 24, un redactor anónimo copiaba literalmente el texto del «panfleto» añadiendo alguna precisión indispensable (por ejemplo: «impregnados de LSD, una droga») y señalando que se había distribuido en forma de cartel por los establecimientos y locales públicos de Guissona.  El artículo concluía en términos parecidos a los de la nota de la Guardia Civil: «Los Mossos d’Esquadra indicaron que no les consta ninguna denuncia formal sobre este problema, que ha suscitado la preocupación del consistorio de Guissona».

El día 30 de julio la página 25 de La Mañana informaba que el bando de los «tatuajes» con LSD había sido retirado.

La decisión se ha tomado -decía el periódico- por la alarma social que ha generado el bando municipal y debido a que la Guardia Civil ordenó ayer la retirada inmediata del comunicado, según una nota hecha pública por el alcalde de la ciudad, Josep Cosconeva.

El alcalde explicó que el bando se elaboró porque el pasado 22 de julio un miembro de la Guardia Civil, conocido en la población, aportó un folleto en el que se advertía de la posible existencia de tatuajes impregnados de droga, por lo que el agente sugirió que se distribuyera por los lugares públicos.

El consistorio tradujo la información al catalán y colgó el cartel en tablones de anuncios, en las escuelas, en la guardería y los comercios.

El uso del término «tatuaje» y la responsabilidad de un agente de la Guardia Civil en la distribución del folleto indica a las claras que se trataba de una copia del que reproducíamos más arriba, expedido por las comandancias de Ciudad Real y León.

Finalmente, en su número del 30 de junio, otro de los diarios más importantes de Lleida, El Segre, ponía las drogas en su sitio con la siguiente aclaración: «Los rumores sobre la existencia de estas calcomanías corren cada verano y son desmentidos por las fuentes oficiales, que también esta vez negaron su existencia».

En efecto, estas fotocopias que alertan de la peligrosidad de ciertas calcomanías imaginarias (y no «tatuajes») impregnadas de LSD, constituyen un ejemplo clásico de lo que los folkloristas, desde hace muchos veranos, denominan «xeroxlore», o «folklore en fotocopia».  Los adelantos en materia de transmisión de datos han ampliado el concepto con otros dos neologismos, que aluden a sendos métodos para invadir el planeta con cualquier documento dudoso en un abrir y cerrar de ojos: el «faxlore» y el «netlore».

Por muy modernas que sean las vías de difusión, los mensajes distribuidos apenas difieren de las cartas «en cadena» que mencionábamos antes.  La única distinción estriba en los motivos de quienes muerden el anzuelo y se toman la molestia de copiarlas.  Si antes obraban por un vago temor supersticioso, ahora se dejan llevar por un miedo impreciso que les impulsa a no «romper la cadena» (aunque duden de ella) para evitar con su gesto «solidario» una posible epidemia de corrupción infantil.

Como señala Jean-Bruno Renard en el capítulo Les décalcomanies au LSD de su obra Légendes urbaines, escrita en colaboración con Véronique Campion-Vincent, todas las variantes de las fotocopias difundidas mundialmente son traducciones de octavillas norteamericanas que ya circulaban en 1987 por Estados Unidos y Canadá.  Estas, a su vez, derivan de otra octavilla que data de 1981, en la que no se mencionaban estrellas azules, mariposas, ni payasos.  En ella aparecía un tosco dibujo de Mickey Mouse vestido de «aprendiz de brujo», como en la película Fantasía (1940), acompañado del consabido mensaje.  La distribución de unas y otras ha provocado regularmente, como veíamos más arriba, pequeños brotes de histeria colectiva en incontables puntos del planeta, y todo parece indicar que seguirá provocándolos.

Vincular el LSD con las calcomanías podría tener su origen en una asociación de ideas errónea.  Es bien sabido que el «ácido» suele recogerse en hojas de papel secante, de las que se van cortando minúsculas porciones para su venta.  En general, estas hojas llevan estampado repetidamente un dibujo

- Mickey Mouse, Snoopy, E.T., Bart Simpson, estrellas azules, etc-, con el que se indica la cantidad y posición de las dosis.  La misma práctica han adoptado los fabricantes de drogas sintéticas, quienes suelen grabar en sus pastillas una infinidad de «logotipos» caprichosos, entre los que también figura el ratón Mickey e incluso Popeye.

La utilización de personajes de la cultura infantil y juvenil en el mundo de las drogas pudiera ser una reminiscencia del uso contra-cultural que se dio a la película Fantasía, de Walt Disney, a raíz de su reestreno en los años setenta.  Se decía que los psiconautas de aquella época solían ir a verla bajo los efectos de la marihuana o el «ácido» a fin de explotar al máximo el poder alucinógeno de sus imagénes, un auténtico delirio pirotécnico, cuyo hilo conductor era la representación visual de la música clásica.

Sin embargo, los ciudadanos de orden llegaron a conclusiones muy distintas.  En su opinión, un papel -secante o no- con un dibujo impreso era una calcomanía, y si era una calcomanía debía de ir destinada a los niños, porque de lo contrario, ¿a qué venía poner dibujos atractivos para los niños en las drogas, si no era para convertirlos en adictos desde su más tierna infancia?  Este obtuso razonamiento dejaba de lado dos hechos fundamentales: en primer lugar, el papel impermeable de las verdaderas calcomanías no podía absorber ninguna droga porque carecía de porosidad, a diferencia del papel secante o los terrones de azúcar.  Y en segundo lugar, el LSD no es una droga adictiva como la mayoría de narcóticos y estimulantes.

Aun así, las tergiversaciones continuaron y se fueron perpetuando tenazmente en las infames octavillas.  Las versiones que reproducían el texto completo señalaban que la droga pasaba inmediatamente a la sangre cuando entraba en contacto con la saliva «al lamer las calcomanías».  Esta frase ha sido eliminada de las variantes actuales, tal vez porque alguien reparó en que los niños saben perfectamente que no deben lamer las calcomanías, porque se les pegarían en la lengua, sino que basta aplicarlas sobre la piel y humedecerlas con agua.  La frase que se ha conservado afirma algo todavía más absurdo: «La droga es absorbida a través de la piel simplemente manoseando el papel».

La creencia falsa de que una droga puede penetrar en la sangre a través de los poros, tiene su antecedente más directo en un rumor de los años sesenta, recogido en la obra Vraies ou fausses?  Les rumeurs según el cual el cantante de rock Jimmy Hendrix se colocaba píldoras de LSD debajo de la cinta que llevaba alrededor de la cabeza para que la droga fuera penetrando en su organismo durante el concierto al mezclarse con el sudor.  Esta idea carece de base médica: una droga -o el bacilo del tétanos- no puede pasar al torrente sanguíneo por vía cutánea a menos que exista una herida en la piel.

La última advertencia es la más horripilante de todas, pues afirma que algunas calcomanías están «llenas de estricnina».

En este caso la octavilla -fiel como siempre a la verdad-, recoge atolondradamente un rumor que nada tiene que ver con el «ácido», sino que forma parte de la subcultura de la heroína.  Dicho rumor, difundido a escala mundial, asegura que existen partidas de esta droga adulteradas con estricnina, veneno sumamente mortífero.  Huelga decir que envenenar las drogas -o repartirlas gratis con vistas a una futura amortización- supondría para los traficantes la quiebra inmediata de su negocio, con lo cual esta última advertencia cae por su propio peso.

Con ánimo de averiguar si, a pesar de todo, se había dado algún caso de distribución de algo parecido a calcomanías trucadas en las escuelas, nos pusimos en contacto con José Vázquez, portavoz de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona.  Según su testimonio, jamás se habían producido denuncias de este tipo.  Todas las supuestas alegaciones al respecto provenían de simples rumores que contaban algunos padres mientras esperaban la salida de los niños del colegio.  En su opinión, los relatos acerca de supuestas calcomanías impregnadas de droga llegaron a su auge hacia 1984, coincidiendo con las muertes por heroína adulterada que saltaron a las crónicas de sucesos.  Lo cual, como apuntábamos antes, explicaría la mención de la estricnina en las octavillas.

Sea como fuere, demostrar la falsedad de esta leyenda nunca ha servido para erradicarla.  Su aparente verosimilitud se ve reforzada por las frecuentes noticias relativas a la incautación de alijos de droga ocultos en lugares insólitos: bombones, latas de conserva, etc. El motivo de su reaparición cíclica pudiera deberse al estado de alarma social que crean regularmente las campañas prohibicionistas, con su lacrimógena insistencia en la protección de los jóvenes contra el fantasma de la droga.  Es muy significativo, por otro lado, que las octavillas en cuestión no circulen de mano en mano entre las personas menos cultivadas, sino que aparezcan a menudo en los tablones de anuncios de escuelas y ambulatorios.  Esto demostraría que los guardianes de la educación y la salud se sienten aludidos, por el papel que desempeñan en la formación de ciudadanos ortodoxos, y se valen de una excusa idónea para clamar de nuevo contra las amenazas de la droga.

El tema del veneno oculto en un objeto inocente tiene precedentes tan ilustres como la manzana de Blancanieves (relato que, curiosamente, también llevó Walt Disney al cine...). Lo mismo podría decirse del individuo sin rostro capaz de preparar con sus propias manos toda clase de cebos con los que corromper a las criaturas.

Tradicionalmente llamado «el hombre de los caramelos», o «el hombre del saco», este personaje había ido perdiendo facultades hasta que adoptó atributos más acordes con los nuevos tiempos y pasó a llamarse « traficante de drogas».

Poca diferencia hay entre ambos espantajos: su único propósito continúa siendo llenar de angustia a padres e hijos.  Su rastro contaminante no emponzoña tan sólo las calcomanías de los niños, sino también otro objeto de uso cotidiano entre los adultos: los billetes de banco.  Edgar Vega nos cuenta un rumor que ilustra gráficamente la tremebunda metáfora del «dinero manchado de sangre de la droga», y que también recogía un programa reciente de La noche temútica: todos los billetes de dólar que circulan por el mundo tienen rastros de cocaína.  Por si esto fuera poco, los ingleses han empezado a «detectar» el mismo polvillo en sus libras esterlinas, como (des)informaba cumplidamente el programa La 2 Noticias del 6 de octubre de 1999.

Era de suponer que la agonizante peseta no tardaría en entrar a formar parte de la lista de billetes adictivos.  Efectivamente, en noviembre del mismo año, varios informativos citaban un estudio (!)

Según el cual el 80 % de los billetes de 5.000 y 10.000 pesetas registraban rastros de cocaína, cosa que demostraría el gran poder adquisitivo de los consumidores de dicha sustancia (!!).  Nuevamente, los medios de comunicación desempeñaban su papel de portavoces involuntarios de rancios temas folklóricos.  Esta vez, sin embargo, difundían un rumor que, si bien se mira, parece combinar metafóricamente dos cuestiones que, al decir de algunos, definen la Europa actual: el pensamiento único y la moneda única.

Por otro lado, esta noticia apócrifa no parece un simple cuento admonitorio inspirado en la práctica habitual de «esnifar» la droga mediante billetes enrollados.  Diríase que refleja simbólicamente la «suciedad» moral de las personas que se los intercambian (consumidores y traficantes).  Las manos de éstos (como la frente de Caín) estarían manchadas de restos indelebles de droga que impregnarían los billetes y contaminarían a los ciudadanos indefensos.

Volviendo al mundo de la infancia, no hay peor pesadilla para los padres, ni se concibe peor crueldad que dar un «dulce envenenado» a las criaturas.  Tanto es así que en Estados Unidos circula el rumor de que algunos perturbados, durante la noche de Halloween, introducen hojas de afeitar en las manzanas o envenenan los caramelos que regalan a los pequeños.  En sus Ensayos sobre la cultura popular española, Julio Caro Baroja menciona un equivalente nacional situado en tiempos de la República: Corrió por varias capitales de España la noticia -cuenta el eminente estudioso- de que gente de Religión había dado unos caramelos envenenados a unos niños, no recuerdo bien con qué malévolos fines.

Acto seguido no duda en afirmar que el «bulo» del veneno se viene repitiendo desde antiguo, aunque cambien los acusados o el designio del mismo.

Porque si se dio en nuestra época en la España de izquierdas -prosigue don Julio-, antes se dio en Madrid entre las llamadas masas liberales, con motivo del cólera de 1834, que ocasionó la famosa matanza de frailes, habiendo incluso hombres de letras como Gallardo, que creyeron en el envenenamiento.

Tras estas palabras, parece oportuno concluir con la siguiente versión que nos envía la malagueña Mª Ángeles Martín, saludablemente desmitificadora y sarcástica: Muchas veces he oído hablar de los caramelos envenenados en las puertas de los colegios.  Yo estaba en 3º, salíamos del colegio y un señor muy simpático te daba un caramelo y te pegaba una pegatina del PSOE en el pecho.  Una mujer que se encontraba allí comenzó a gritar como loca diciendo que esos caramelos contenían droga.  Nadie se atrevió a cogerlos, menos los que siempre aprovechaban las buenas ocasiones y decían «eso no es verdad, la droga no existe» (hay que matizar, teníamos nueve años).  Más tarde me di cuenta, con el paso del tiempo, de que esa mujer era del PP.

JOSEP SAMPERE en el libro "leyendas urbanas en España"

viernes, 1 de noviembre de 2013

A los héroes que ya no hay

Oigo patria tu aflicción
y escucho el triste concierto
que forman, tocando a muerto,
desempleo y deflación.
Sobre la vieja canción
de los panes y los peces
nos entonan aún a veces
insultantes variaciones,
y nos dan explicaciones
cargadas de estupideces.

Lloras porque te insultaron
los que su amor te ofrecieron,
a ti que siempre jodieron
porque no te respetaron,
a ti que ya te timaron
en pasadas elecciones,
a ti, que impartes lecciones
de babosa bonhomía
para olvidar aquel día
en que tuviste cojones.

Doquiera la mente mía
sus alas rápidas lleva
allí un desfalco se eleva
pintando tu cobardía.
Desde la cumbre bravía
que el sol indio tornasola
hasta el África que inmola
sus hijos en torpe guerra
no hay un puñado de tierra
sin una estafa española.

Y te indignas como un mono
maldiciendo a los culpables,
¡y les llamas miserables!
pero suavizas el tono
al ver que tanto abandono
es culpa de algún amigo.
Entonces te importa un higo
si España va bien o mal
porque no hay más criminal
que el que discute contigo.


Siempre en lucha desigual
se bate el cobre el ciencia:
donde nunca hubo conciencia
no puede haber libertad.
Asumid esta verdad:
El desprecio a la razón,
al coraje y la ambición
se paga a precio de sangre,
de humillaciones, de hambre,
de dolor y emigración.

Y una vez alguien pensó
que todo esto cambiaría...
Pensó que tal vez un día
alguien tendría el valor
de poner fin al horror
de tanta lucha cainita
sin saber que la maldita
peste de la mansedumbre
es la peor podredumbre
de esta tierra sodomita.

Ya no hay obras ni hay obreros:
todos somos funcionarios,
nos gobiernan los notarios
y legislan los trileros.
Socialistas y peperos
compran tantas voluntades
que de nuestras libertades
sólo queda una silueta:
la de los presos de ETA
celebrando sus crueldades.

¡Guerra! no grita ni dios,
y luchar nos da pereza,
pon, mejor, otra cerveza,
y si puede ser, pon dos.
Hasta el día del adiós
falta el día de hastaluego,
porque la vida es un juego
y el amor una protesta,
porque la decencia apesta
y el esfuerzo importa un huevo.


Da igual estudiar que no,
todo pasa, todo vale,
lo mismo aprueba el que sale
de juerga de garrafón
que el que vive en el salón
de su casa y se desvela.
Al profesor se la pela:
"si este año exijo más
para el próximo quizás
soy yo quien ya no currela".

Y escucho en la calle voces
pidiendo santos derechos,
y nos enseñan los pechos
las feministas feroces.
Con tonterías atroces,
mientras alguien les explota,
insisten en dar la nota
contra la paz o la guerra,
y al suelo la falta tierra
para cubrir tanto idiota

Gigantes y cabezudos
de esta nación carcomida,
sabed que ya no hay salida
para vender más embudos.
Aprestad vuestros escudos
ya que no tenéis espadas
y olvidaos de las cagadas
que escuchasteis tantos años:
Es hora de desengaños,
se acabaron las bobadas.

Odín



La bula

Ya tenemos una bula
que comer carne concede.
Así tuviéramos otra
que mandase que la hubiere


Juan de Iriarte.

sábado, 19 de octubre de 2013

Sobre la verdad y la mentira. Nietzsche

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.
Es digno de nota que sea el intelecto quien así obre, él que, sin embargo, sólo ha sido añadido precisamente como un recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia, de la cual, por el contrario, sin ese aditamento tendrían toda clase de motivos para huir tan rápidamente como el hijo de Lessing. Ese orgullo, ligado al conocimiento y a la sensación, niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentidos de los hombres, los hace engañarse sobre el valor de la existencia, puesto que aquél proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño —pero también los efectos más particulares llevan consigo algo del mismo carácter—.
El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña. En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad. Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas. Además, durante toda una vida, el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo, mientras que parece que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los ronquidos. En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?
En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser “verdad”, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”. Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres. Si hace esto de manera interesada y que además ocasione perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su seno. Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes. El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos. Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?
Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión de una “verdad” en el grado que se acaba de señalar. Si no se contenta con la verdad en forma de tautología, es decir, con conchas vacías, entonces trocará continuamente ilusiones por verdades. ¿Qué es una palabra? La reproducción en sonidos de un impulso nervioso. Pero inferir además a partir del impulso nervioso la existencia de una causa fuera de nosotros, es ya el resultado de un uso falso e injustificado del principio de razón. ¡Cómo podríamos decir legítimamente, si la verdad fuese lo único decisivo en la génesis del lenguaje, si el punto de vista de la certeza lo fuese también respecto a las designaciones, cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva! Dividimos las cosas en géneros, caracterizamos el árbol como masculino y la planta como femenino: ¡qué extrapolación tan arbitraria! ¡A qué altura volamos por encima del canon de la certeza! Hablamos de una “serpiente”: la designación cubre solamente el hecho de retorcerse; podría, por tanto, atribuírsele también al gusano. ¡Qué arbitrariedad en las delimitaciones! ¡Qué parcialidad en las preferencias, unas veces de una propiedad de una cosa, otras veces de otra! Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. Éste se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces. ¡En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen transformada de nuevo en un sonido! Segunda metáfora. Y, en cada caso, un salto total desde una esfera a otra completamente distinta. Se podría pensar en un hombre que fuese completamente sordo y jamás hubiera tenido ninguna sensación sonora ni musical; del mismo modo que un hombre de estas características se queda atónito ante las figuras acústicas de Chladni en la arena, descubre su causa en las vibraciones de la cuerda y jurará entonces que, en adelante, no se puede ignorar lo que los hombres llaman “sonido”, así nos sucede a todos nosotros con el lenguaje. Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas. Del mismo modo que el sonido configurado en la arena, la enigmática x de la cosa en sí se presenta en principio como impulso nervioso, después como figura, finalmente como sonido. Por tanto, en cualquier caso, el origen del lenguaje no sigue un proceso lógico, y todo el material sobre el que, y a partir del cual, trabaja y construye el hombre de la verdad, el investigador, el filósofo, procede, si no de las nubes, en ningún caso de la esencia de las cosas.
Pero pensemos especialmente en la formación de los conceptos. Toda palabra se convierte de manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de servir para la experiencia singular y completamente individualizada a la que debe su origen, por ejemplo, como recuerdo, sino que debe encajar al mismo tiempo con innumerables experiencias, por así decirlo, más o menos similares, jamás idénticas estrictamente hablando; en suma, con casos puramente diferentes. Todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales. Del mismo modo que es cierto que una hoja no es igual a otra, también es cierto que el concepto hoja se ha formado al abandonar de manera arbitraria esas diferencias individuales, al olvidar las notas distintivas, con lo cual se suscita entonces la representación, como si en la naturaleza hubiese algo separado de las hojas que fuese la “hoja”, una especie de arquetipo primigenio a partir del cual todas las hojas habrían sido tejidas, diseñadas, calibradas, coloreadas, onduladas, pintadas, pero por manos tan torpes, que ningún ejemplar resultase ser correcto y fidedigno como copia fiel del arquetipo. Decimos que un hombre es “honesto”. ¿Por qué ha obrado hoy tan honestamente?, preguntamos. Nuestra respuesta suele ser así: a causa de su honestidad. ¡La honestidad! Esto significa a su vez: la hoja es la causa de las hojas. Ciertamente no sabemos nada en absoluto de una cualidad esencial, denominada “honestidad”, pero sí de una serie numerosa de acciones individuales, por lo tanto desemejantes, que igualamos olvidando las desemejanzas, y, entonces, las denominamos acciones honestas; al final formulamos a partir de ellas una qualitas occulta con el nombre de “honestidad”.
La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible. También la oposición que hacemos entre individuo y especie es antropomórfica y no procede de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos aventuramos a decir que no le corresponde: en efecto, sería una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan demostrable como su contraria.
¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.
No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos. Ciertamente, el hombre se olvida de que su situación es ésta; por tanto, miente de la manera señalada inconscientemente y en virtud de hábitos seculares —y precisamente en virtud de esta inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad—. A partir del sentimiento de estar comprometido a designar una cosa como “roja”, otra como “fría” y una tercera como “muda”, se despierta un movimiento moral hacia la verdad; a partir del contraste del mentiroso, en quien nadie confía y a quien todo el mundo excluye, el hombre se demuestra a sí mismo lo honesto, lo fiable y lo provechoso de la verdad. En ese instante, el hombre pone sus actos como ser racional bajo el dominio de las abstracciones; ya no tolera más el ser arrastrado por las impresiones repentinas, por las intuiciones; generaliza en primer lugar todas esas impresiones en conceptos más descoloridos, más fríos, para uncirlos al carro de su vida y de su acción. Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto. En el ámbito de esos esquemas es posible algo que jamás podría conseguirse bajo las primitivas impresiones intuitivas: construir un orden piramidal por castas y grados; instituir un mundo nuevo de leyes, privilegios, subordinaciones y delimitaciones, que ahora se contrapone al otro mundo de las primitivas impresiones intuitivas como lo más firme, lo más general, lo mejor conocido y lo más humano y, por tanto, como una instancia reguladora e imperativa. Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática. Aquel a quien envuelve el hálito de esa frialdad, se resiste a creer que también el concepto, óseo y octogonal como un dado y, como tal, versátil, no sea más que el residuo de una metáfora, y que la ilusión de la extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto. Ahora bien, dentro de ese juego de dados de los conceptos se denomina “verdad” al uso de cada dado según su designación; contar exactamente sus puntos, formar las clasificaciones correctas y no violar en ningún caso el orden de las castas ni la sucesión jerárquica. Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por mor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera. Cabe admirar en este caso al hombre como poderoso genio constructor, que acierta a levantar sobre cimientos inestables y, por así decirlo, sobre agua en movimiento una catedral de conceptos infinitamente compleja: ciertamente, para encontrar apoyo en tales cimientos debe tratarse de un edificio hecho como de telarañas, suficientemente liviano para ser transportado por las olas, suficientemente firme para no desintegrarse ante cualquier soplo de viento. Como genio de la arquitectura el hombre se eleva muy por encima de la abeja: ésta construye con la cera que recoge de la naturaleza; aquél, con la materia bastante más delicada de los conceptos que, desde el principio, tiene que fabricar por sí mismo.

jueves, 10 de octubre de 2013

La libertad de prensa. Prólogo a la rebelión en la Granja. George Orwell


Este libro fue pensado hace bastante tiempo.  Su idea central data de 1937, pero su redacción no quedó terminada hasta finales de 1943.  En la época en que se escribió, era obvio que encontraría grandes dificultades para editarse (a pesar de que la escasez de libros existentes garantizaba que cualquier volumen impreso se vendería) y, efectivamente, el libro fue rechazado por cuatro editores.  Tan sólo uno de ellos lo hizo por motivos ideológicos; otros dos habían publicado libros antirrusos durante años y el cuarto carecía de ideas políticas definidas.  Uno de ellos estaba decidido a lanzarlo pero, después de un primer momento de acuerdo, prefirió consultar con el Ministerio de Información que, al parecer, le había avisado y hasta advertido severamente sobre su publicación.  He aquí un extracto de una carta del editor, en relación con la consulta hecha: «Me refiero a la reacción que he observado en un importante funcionario del Ministerio de Información con respecto a Rebelión en la granja.  Tengo que confesar que su opinión me ha dado mucho que pensar... Ahora me doy cuenta de cuán peligroso puede ser el publicarlo en estos momentos porque, si la fábula estuviera dedicada a todos los dictadores y a todas las dictaduras en general, su publicación no estaría mal vista, pero la trama sigue tan fielmente el curso histórico de la Rusia de los Soviets y de sus dos dictadores que sólo puede aplicarse a aquel país, con exclusión de cualquier otro régimen dictatorial.  Y otra cosa: sería menos ofensiva si la casta dominante que aparece en la fábula no fuera la de los cerdos.* Creo que la elección de estos animales puede ser ofensiva y de modo especial para quienes sean un poco susceptibles, como es el caso de los rusos.  »

* No está claro quién ha sugerido esta modificación, si es idea propia del Sr.  X... o si proviene del propio Ministerio.  Pero parece tener marchamo oficial.  (Nota de G. Orwell.)

Asuntos de esta clase son siempre un mal síntoma.  Como es obvio, nada es menos deseable que un departamento ministerial tenga facultades para censurar libros (excepción hecha de aquellos que afecten a la seguridad nacional, cosa que, en tiempo de guerra, no puede merecer objeción alguna) que no estén patrocinados oficialmente.  Pero el mayor peligro para la libertad de expresión y de pensamiento no proviene de la intromisión directa del Ministerio de Información o de cualquier organismo oficial.  Si los editores y los directores de los periódicos se esfuerzan en eludir ciertos temas no es por miedo a una denuncia: es porque le temen a la opinión pública.  En este país, la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de hacer frente periodistas y escritores en general.  Es éste un hecho grave que, en mi opinión, no ha sido discutido con la amplitud que merece.

Cualquier persona cabal y con experiencia periodística tendrá que admitir que, durante esta guerra, la censura oficial no ha sido particularmente enojosa.  No hemos estado sometidos a ningún tipo de «orientación» o «coordinación» de carácter totalitario, cosa que hasta hubiera sido razonable admitir, dadas las circunstancias.  Tal vez la prensa tenga algunos motivos de queja justificados pero, en conjunto, la actuación del gobierno ha sido correcta y de una clara tolerancia para las opiniones minoritarias.  El hecho más lamentable en relación con la censura literaria en nuestro país ha sido principalmente de carácter voluntario.  Las ideas impopulares, según se ha visto, pueden ser silenciadas y los hechos desagradables ocultarse sin necesidad de ninguna prohibición oficial.  Cualquiera que haya vivido largo tiempo en un país extranjero podrá contar casos de noticias sensacionalistas que ocupaban titulares y acaparaban espacios incluso excesivos para sus méritos.  Pues bien, estas mismas noticias son eludidas por la prensa británica, no porque el gobierno las prohíba, sino porque existe un acuerdo general y tácito sobre ciertos hechos que «no deben» mencionarse.  Esto es fácil de entender mientras la prensa británica siga tal como está: muy centralizada y propiedad, en su mayor parte, de unos pocos hombres adinerados que tienen muchos motivos para no ser demasiado honestos al tratar ciertos temas importantes.  Pero esta misma clase de censura velada actúa también sobre los libros y las publicaciones en general, así como sobre el cine, el teatro y la radio.  Su origen está claro: en un momento dado se crea una ortodoxia, una serie de ideas que son asumidas por las personas bienpensantes y aceptadas sin discusión alguna.  No es que se prohíba concretamente decir «esto» o «aquello», es que «no está bien» decir ciertas cosas, del mismo modo que en la época victoriana no se aludía a los pantalones en presencia de una señorita.  Y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará silenciado con sorprendente eficacia.  De ahí que casi nunca se haga caso a una opinión realmente independiente ni en la prensa popular ni en las publicaciones minoritarias e intelectuales.

En este instante, la ortodoxia dominante exige una admiración hacia Rusia sin asomo de crítica.  Todo el mundo está al cabo de la calle de este hecho y, por consiguiente, todo el mundo actúa en consonancia.  Cualquier crítica seria al régimen soviético, cualquier revelación de hechos que el gobierno ruso prefiera mantener ocultos, no saldrá a la luz.  Y lo peor es que esta conspiracion nacional para adular a nuestro aliado se produce a pesar de unos probados antecedentes de tolerancia intelectual muy arraigados entre nosotros.  Y así vemos, paradójicamente, que no se permite criticar al gobierno soviético, mientras se es libre de hacerlo con el nuestro.  Será raro que alguien pueda publicar un ataque contra Stalin, pero es muy socorrido atacar a Churchill desde cualquier clase de libro o periódico.  Y en cinco años de guerra -durante dos o tres de los cuales luchamos por nuestra propia supervivencia- se escribieron incontables libros, artículos y panfletos que abogaban, sin cortapisa alguna, por llegar a una paz de compromiso, y todos ellos aparecieron sin provocar ningún tipo de crítica o censura.

Mientras no se tratase de comprometer el prestigio de la Unión Soviética, el principio de libertad de expresión ha podido mantenerse vigorosamente.  Es cierto que existen otros temas proscritos, pero la actitud hacia la URSS es el síntoma más significativo.  Y tiene unas características completamente espontáneas, libres de la influencia de cualquier grupo de presión.

El servilismo con el que la mayor parte de la intelligentsia británica se ha tragado y repetido los tópicos de la propaganda rusa desde 1941 sería sorprendente, si no fuera porque el hecho no es nuevo y ha ocurrido ya en otras ocasiones.  Publicación tras publicación, sin controversia alguna, se han ido aceptando y divulgando los puntos de vista soviéticos con un desprecio absoluto hacia la verdad histórica y hacia la seriedad intelectual.

Por citar sólo un ejemplo: la BBC celebró el XXV aniversario de la creación del Ejército Rojo sin citar para nada a Trotsky, lo cual fue algo así como conmemorar la batalla de Trafalgar sin hablar de Nelson.  Y, sin embargo, el hecho no provocó la más mínima protesta por parte de nuestros intelectuales.  En las luchas de la Resistencia de los países ocupados por los alemanes, la prensa inglesa tomó siempre partido al lado de los grupos apoyados por Rusia, en tanto que las otras facciones eran silenciadas (a veces con omisión de hechos probados) con vistas a justificar esta postura.  Un caso particularmente demostrativo fue el del coronel Mijáilovich, líder de los chetniks yugoslavos.  Los rusos tenían su propio protegido en la persona del mariscal Tito y acusaron a Mijáilovich de colaboración con los alemanes.  Esta acusación fue inmediatamente repetida por la prensa británica.  A los partidarios de Mijáilovich no se les dio oportunidad alguna para responder a estas acusaciones e incluso fueron silenciados hechos que las rebatían, impidiendo su publicación.

En julio de 1943 los alemanes ofrecieron una recompensa de 100.000 coronas de oro por la captura de Tito y otra igual por la de Mijáilovich.  La prensa inglesa resaltó mucho lo ofrecido por Tito, mientras sólo un periódico (y en letra menuda) citaba la ofrecida por Mijáilovich.  Y, entre tanto, las acusaciones por colaboracionismo eran incesantes... Hechos muy similares ocurrieron en España durante la Guerra Civil.  También entonces los grupos republicanos a quienes los rusos habían decidido eliminar fueron acusados entre la indiferencia de nuestra prensa de izquierdas; y cualquier escrito en su defensa, aunque fuera una simple carta al director, vio rechazada su publicación.  En aquellos momentos no sólo se consideraba reprobable cualquier tipo de crítica hacia la URSS, sino que incluso se mantenía secreta.  Por ejemplo: Trotsky había escrito poco antes de morir una biografía de Stalin.  Es de suponer que, si bien no era una obra totalmente imparcial, debía ser publicable y, en consecuencia, vendible.  Un editor americano se había hecho cargo de su publicación y el libro estaba ya en prensa.  Creo que habían sido ya corregidas las pruebas, cuando la URSS entró en la guerra mundial.  El libro fue inmediatamente retirado.  Del asunto no se dijo ni una sola palabra en la prensa británica, aunque la misma existencia del libro y su supresión eran hechos dignos de ser noticia.

Creo que es importante distinguir entre el tipo de censura que se imponen voluntariamente los intelectuales ingleses y la que proviene de los grupos de presión.  Como es obvio, existen ciertos temas que no deben ponerse en tela de juicio a causa de los intereses creados que los rodean.  Un caso bien conocido es el tocante a los médicos sin escrúpulos.

También la Iglesia Católica tiene considerable influencia en la prensa, una influencia capaz de silenciar muchas críticas.  Un escándalo en el que se vea mezclado un sacerdote católico es algo a lo que nunca se dará publicidad, mientras que si el mismo caso ocurre con uno anglicano, es muy probable que se publique en primera página, como ocurrió con el caso del rector de Stiffkey.  Asimismo, es muy raro que un espectáculo de tendencia anticatólica aparezca en nuestros escenarios o en nuestras pantallas.  Cualquier actor puede atestiguar que una obra de teatro o una película que se burle de la Iglesia Católica se exponen a ser boicoteados desde los periódicos y condenados al fracaso.  Pero esta clase de hechos son comprensibles y además inofensivos.  Toda gran organización cuida de sus intereses lo mejor que puede y, si ello se hace a través de una propaganda descubierta, nada hay que objetar.

Uno no debe esperar que el Daily Worker publique algo desfavorable para la URSS, ni que el Catholic Herald hable mal del Papa.  Esto no puede extrañar a nadie, pero lo que sí es inquietante es que, dondequiera que influya la URSS con sus especiales maneras de actuar, sea imposible esperar cualquier forma de crítica inteligente ni honesta por parte de escritores de signo liberal inmunes a todo tipo de presión directa que pudiera hacerles falsear sus opiniones.  Stalin es sacrosanto y muchos aspectos de su política están por encima de toda discusión.  Es una norma que ha sido mantenida casi universalmente desde 1941 pero que estaba orquestada hasta tal punto, que su origen parecía remontarse a diez años antes.  En todo aquel tiempo las críticas hacia el régimen soviético ejercidas desde la izquierda tenían muy escasa audiencia.  Había, sí, una gran cantidad de literatura antisoviética, pero casi toda procedía de zonas conservadoras y era claramente tendenciosa, fuera de lugar e inspirada por sórdidos motivos.  Por el lado contrario hubo una producción igualmente abundante, y casi igualmente tendenciosa, en sentido pro ruso, que comportaba un boicot a todo el que tratara de discutir en profundidad cualquier cuestión importante.

Desde luego que era posible publicar libros antirrusos, pero hacerlo equivalía a condenarse a ser ignorado por la mayoría de los periódicos importantes.  Tanto pública como privadamente se vivía consciente de que aquello «no debía» hacerse y, aunque se arguyera que lo que se decía era cierto, la respuesta era tildarlo de «inoportuno» y «al servicio de» intereses reaccionarios.  Esta actitud fue mantenida apoyándose en la situación internacional y en la urgente necesidad de sostener la alianza anglorrusa; pero estaba claro que se trataba de una pura racionalización.  La gran mayoría de los intelectuales británicos había estimulado una lealtad de tipo nacionalista hacia la Unión Soviética y, llevados por su devoción hacia ella, sentían que sembrar la duda sobre la sabiduría de Stalin era casi una blasfemia.

Acontecimientos similares ocurridos en Rusia y en otros países se juzgaban según distintos criterios.  Las interminables ejecuciones llevadas a cabo durante las purgas de 1936 a 1938 eran aprobadas por hombres que se habían pasado su vida oponiéndose a la pena capital, del mismo modo que, si bien no había reparo alguno en hablar del hambre en la India, se silenciaba la que padecía Ucrania.  Y si todo esto era evidente antes de la guerra, esta atmósfera intelectual no es, ahora, ciertamente mejor.

Volviendo a mi libro, estoy seguro de que la reacción que provocará en la mayoría de los intelectuales ingleses será muy simple: «No debió ser publicado».  Naturalmente, estos críticos, muy expertos en el arte de difamar, no lo atacarán en -el terreno político, sino en el intelectual.  Dirán que es un libro estúpido y tonto y que su edición no ha sido más que un despilfarro de papel.  Y yo digo que esto puede ser verdad, pero no «toda la verdad» del asunto.  No se puede afirmar que un libro no debe ser editado tan sólo porque sea malo.

Después de todo, cada día se imprimen cientos de páginas de basura y nadie le da importancia.  La intelligentsia británica, al menos en su mayor parte, criticará este libro porque en él se calumnia a su líder y con ello se perjudica la causa del progreso.  Si se tratara del caso inverso, nada tendrían que decir aunque sus defectos literarios fueran diez veces más patentes.  Por ejemplo, el éxito de las ediciones del Left Book Club durante cinco años demuestra cuán tolerante se puede llegar a ser en cuanto a la chabacanería y a la mala literatura que se edita, siempre y cuando diga lo que ellos quieren oír.

El tema que se debate aquí es muy sencillo: ¿Merece ser escuchado todo tipo de opinión, por impopular que sea?  Plantead esta pregunta en estos términos y casi todos los ingleses sentirán que su deber es responder: «Sí».  Pero dadle una forma concreta y preguntad: ¿Qué os parece si atacamos a Stalin?  ¿Tenemos derecho a ser oídos?  Y la respuesta más natural será: «No».  En este caso, la pregunta representa un desafío a la opinión ortodoxa reinante y, en consecuencia, el principio de libertad de expresión entra en crisis.  De todo ello resulta que, cuando en estos momentos se pide libertad de expresión, de hecho no se pide auténtica libertad.  Estoy de acuerdo en que siempre habrá o deberá haber un cierto grado de censura mientras perduren las sociedades organizadas.  Pero «libertad», como dice Rosa Luxemburg, es «libertad para los demás».  Idéntico principio contienen las palabras de Voltaire: «Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo».  Si la libertad intelectual ha sido sin duda alguna uno de los principios básicos de la civilización occidental, o no significa nada o significa que cada uno debe tener pleno derecho a decir y a imprimir lo que él cree que es la verdad, siempre que ello no impida que el resto de la comunidad tenga la posibilidad de expresarse por los mismos inequívocos caminos.  Tanto la democracia capitalista como las versiones occidentales del socialismo han garantizado hasta hace poco aquellos principios.  Nuestro gobierno hace grandes demostraciones de ello.  La gente de la calle -en parte quizá porque no está suficientemente imbuida de estas ideas hasta el punto de hacerse intolerante en su defensa- sigue pensando vagamente en aquello de: «Supongo que cada cual tiene derecho a exponer su propia opinión».  Por ello incumbe principalmente a la intelectualidad científica y literaria el papel de guardián de esa libertad que está empezando a ser menospreciada en la teoría y en la práctica.

Uno de los fenómenos más peculiares de nuestro tiempo es el que ofrece el liberal renegado.

Los marxistas claman a los cuatro vientos que la «libertad burguesa» es una ilusión, mientras una creencia muy extendida actualmente argumenta diciendo que la única manera de defender la libertad es por medio de métodos totalitarios.  Si uno ama la democracia, prosigue esta argumentación, hay que aplastar a los enemigos sin que importen los medios utilizados.  ¿Y quiénes son estos enemigos?  Parece que no sólo son quienes la atacan abierta y concienzudamente, sino también aquellos que «objetivamente» la perjudican propalando doctrinas erróneas.  En otras palabras: defendiendo la democracia acarrean la destrucción de todo pensamiento independiente.

Éste fue el caso de los que pretendieron justificar las purgas rusas.  Hasta el más ardiente rusófilo tuvo dificultades para creer que todas las víctimas fueran culpables de los cargos que se les imputaban.  Pero el hecho de haber sostenido opiniones heterodoxas representaba un perjuicio para el régimen y, por consiguiente, la masacre fue un hecho tan normal como las falsas acusaciones de que fueron víctimas.  Estos mismos argumentos se esgrimieron para justificar las falsedades lanzadas por la prensa de izquierdas acerca de los trotskistas y otros grupos republicanos durante la Guerra Civil española.  Y la misma historia se repitió para criticar abiertamente el hábeas corpus concedido a Mosley cuando fue puesto en libertad en 1943.

Todos los que sostienen esta postura no se dan cuenta de que, al apoyar los métodos totalitarios, llegará un momento en que estos métodos serán usados «contra» ellos y río «por» ellos.  Haced una costumbre del encarcelamiento de fascistas sin juicio previo y tal vez este proceso no se limite sólo a los fascistas.  Poco después de que al Daily Worker le fuera levantada la suspensión, hablé en un College del sur de Londres.  El auditorio estaba formado por trabajadores y profesionales de la baja clase media, poco más o menos el mismo tipo de público que frecuentaba las reuniones del Left Book Club.  Mi conferencia trataba de la libertad de prensa y, al término de la misma y ante mi asombro, se levantaron varios espectadores para preguntarme «si en mi opinión había sido un error levantar la prohibición que impedía la publicación del Daily Worker».  Hube de preguntarles el porqué y todos dijeron que «era un periódico de dudosa lealtad y por tanto no debía tolerarse su publicación en tiempo de guerra».  El caso es que me encontré defendiendo al periódico que más de una vez se había salido de sus casillas para atacarme.  ¿Dónde habían aprendido aquellas gentes puntos de vista tan totalitarios?  Con toda seguridad debieron aprenderlos de los mismos comunistas.

La tolerancia y la honradez intelectual están muy arraigadas en Inglaterra, pero no son indestructibles y si siguen manteniéndose es, en buena parte, con gran esfuerzo.  El resultado de predicar doctrinas totalitarias es que lleva a los pueblos libres a confundir lo que es peligroso y lo que no lo es.  El caso de Mosley es, a este efecto, muy ilustrativo.  En 1940 era totalmente lógico internarlo, tanto si era culpable como si no lo era.  Estábamos entonces luchando por nuestra propia existencia y no podíamos tolerar que un posible colaboracionista anduviera suelto.  En cambio, mantenerlo encarcelado en 1943, sin que mediara proceso alguno, era un verdadero ultraje.  La aquiescencia general al aceptar este hecho fue un mal síntoma, aunque es cierto que la agitación contra la liberación de Mosley fue en gran parte ficticia y, en menor parte, manifestación de otros motivos de descontento.  ¡Sin embargo, cuán evidente resulta, en el actual deslizamiento hacia los sistemas fascistas, la huella de los antifascismos de los últimos diez años y la falta de escrúpulos por ellos acuñada!

Es importante constatar que la corriente rusófila es sólo un síntoma del debilitamiento general de la tradición liberal.  Si el Ministerio de Información hubiera vetado definitivamente la publicación de este libro, la mayoría de los intelectuales no hubiera visto nada inquietante en todo ello.  La lealtad exenta de toda crítica hacia la URSS pasa a convertirse en ortodoxia, y, dondequiera que estén en juego los intereses soviéticos, están dispuestos no sólo a tolerar la censura sino a falsificar deliberadamente la Historia.  Por citar sólo un caso.  A la muerte de John Reed, el autor de Diez días que conmovieron al mundo -un relato de primera mano de las jornadas claves de la Revolución rusa-, los derechos del libro pasaron a poder del Partido Comunista británico, a quien el autor, según creo, los había legado.  Algunos años más tarde, los comunistas ingleses destruyeron en gran parte la edición original, lanzando después una versión amañada en la que omitieron las menciones a Trotsky así como la introducción escrita por el propio Lenin.  Si hubiera existido una auténtica intelectualidad liberal en Gran Bretaña, este acto de piratería hubiera sido expuesto y denunciado en todos los periódicos del país.  La realidad es que las protestas fueron escasas o nulas.  A muchos, aquello les pareció la cosa más natural.  Esta tolerancia que llega a lo indecoroso es más significativa aún que la corriente de admiración hacia Rusia que se ha impuesto en estos días.  Pero probablemente esta moda no durará.  Preveo que, cuando este libro se publique, mi visión del régimen soviético será la más comúnmente aceptada.  ¿Qué puede esto significar?

Cambiar una ortodoxia por otra no supone necesariamente un progreso, porque el verdadero enemigo está en la creación de una mentalidad «gramofónica»