domingo 27 de septiembre de 2009
El Lechero (Fray Mocho, José Sixto Álvarez)
Ya se fue el marchante de los buenos tiempos viejos, que los niños esperábamos ansiosos por la yapa de la leche, exigua y por ello sabrosa, y los más grandecitos y traviesos, por el mancarrón cargado con los tarros, sobre cuyas tapas envuel¬tas en trapos, se extendía el cuero de carnero que le servia de trono v sobre el cual, arrodillado y er¬guido el busto, marchaba a trote el lechero, como se decía, el viejo vasco cantor y alegre.
Qué famosos galopes hasta la bocacalle, con corridas de todos los perros vecinos!
Se fue el marchante y con él se ha ido una nota típica de Buenos Aires y también el arreador usa¬do como cetro; la boina terciada sobre la oreja; el chiripá de granos de oro cayendo apenas sobre la bota de becerro chueca y embarrada; el tirador que era una especie de cafarnaún en que se halla¬ban botones desertores, cartas de mucamas aven¬tureras que comenzaban con el invariable "cerido, marchante digamé ci es cierto que irle dará el ha¬nivito ci le doy el veso", pesos chicos con carne¬rito, cabellos mezclados con flores secas, horqui¬llas para la novia preferida -la paisana- que le esperaba entre sus patos y gallinas, allá por Morón o San justo, y a veces el papelito en que "la patrona gorda", "la flaca de Maypú", "1a vieja del Socorro", cono él designaba a su clientela, le encargaban manteca fresca o huevos caseros para la niña y también las milongas en vascuence, entonadas al bordear un charco suburbano y la original "fonda de vascos" donde entre copa y copa de vino se comentaba a gritos toda la vida porteña, mirada desde la cocina.
A otros tiempos otros tipos.
Ahora tenemos el carrito con vasijas de latón, lustrosas de puro limpias: el lechero de delantal y gorro blanco, serio, grave, que no canta ni ríe, ni dice chicoleos; la manteca en panes de ilusión y la harina y el agua y la sofisticación reinando omnipotentes con sellos, patentes, certificados quí¬micos y tapas higiénicas!
Y ahí va la vida, siguiendo su tortuoso cami¬no. cada día menos pintoresca, menos nacional, diremos, pero más arreglada a las leves y ordenanzas, por más que el viejo marchante desalojado, diga melancólicamente, al ver pasar uno de lo carritos triunfadores:
-¡Arodá no más... masón condenao, que ya te allegará tu hora! ...
EL ELEFANTE Y LA RATA (Anthony de Mello)

Se hallaba un elefante bañándose tranquilamente en un remanso, en mitad de la jungla, cuando, de pronto, se presentó una rata y se puso a insistir en que el elefante saliera del agua.
«No quiero», decía el elefante. «Estoy disfrutando y me niego a ser molestado».
«Insisto en que salgas ahora mismo», le dijo la rata.
«¿Por qué?», preguntó el elefante.
«No te lo diré hasta que hayas salido de ahí», le respondió la rata.
«Entonces no pienso salir», dijo el elefante.
Pero, al final, se dio por vencido. Salió pesadamente del agua, se quedó frente a la rata y dijo:
«Está bien; ¿para qué querías que saliera del agua?».
«Para comprobar si te habías puesto mi bañador», le respondió la rata.
lunes 20 de julio de 2009
Perder pie

miércoles 4 de marzo de 2009
Cuatro mil semanas de embarazo

Estos días, con la historia de la pobre italiana a la que unos quieren dejar de alimentar y a la que otros quieren seguir manteniendo en coma después de diecisiete años en el limbo, se plantean cuestiones que antes se llamaban éticas y ahora simplemente de café, porque la ética no llega en muchos casos más allá del azucarillo y la ración de patatas bravas.
El caso, si se fijan, es que con la extraña mecánica que manejamos, propia de fabricantes de botijos electrónicos o sonajeros extraplanos, el mundo es un sitio donde al que quiere entrar no le dejan entrar y al que quiere salir no le dejan salir. Bien mirado, y con semejante descripción, suena a cárcel privada, si es que puede existir tal cosa o no existe ya en algún paraíso ultraliberal.
Y algo de eso hay. Lo único que no cuadra del todo es que la prisión en que se está convirtiendo esta parte del planeta no es privada, sino pública, estatal y hasta colectivista. Parece como si el Estado se hubiese considerado a sí mismo San Pedro y quisiese demostrar quién tiene las llaves de la puerta. Del feto dicen las leyes que no es humano, aunque tenga su propio ADN, porque no está aún en la vida, y al enfermo terminal le sustraen su derecho a decidir, seguramente porque tampoco lo consideran humano al estar demasiado cerca de la muerte. Como ven, hasta para tener DNI hay que ser de centro, porque como te acerques a uno de los dos márgenes te joroban.
Vivimos en un mundo sin mentiras ni verdades, en el que todo es del color del cristal con que se mira y en el que los hechos sólo se acreditan sumando votos. A este paso, y con esa bobería de que la democracia verifica cualquier cosa, llegaremos a legislar que el clima no puede cambiar, que las epidemias de gripe no pueden durar más de diez días y que la crisis se acaba en marzo, justo después de las elecciones autonómicas y europeas.
La realidad, por su parte, debe de ser una reaccionaria de cien puñetas, porque se empeña en pasarse por el forro las votaciones y sigue a su propio aire, cada vez más alejado de las cosas que se discuten y más ajeno a las explicaciones, peregrinas de ida y vuelta, que se quieren dar a las conveniencias de cada cual.
Propongo yo, por todo esto, y con los apoyos que suscita cada movimiento, que quien quiera tener una muerte digna no pida que le apliquen la eutanasia, sino la ley del aborto, pero con carácter retroactivo. Si dices que quieres que te desconecten para tener una muerte digna te van a contestar que no tienes derecho a tal cosa, pero si dices que quieres abortarte a ti mismo después de cuatro mil semanas de gestación, seguramente salga en tu favor una pandilla vociferante exigiendo que se respete tu derecho a la interrupción de embarazo.
Y si aún así te ponen pegas, alega depresión. O peligro para la salud, que cuela fijo.
Javier Pérez
Evolución y creación

Esa es, a mi juicio, la raíz del enfrentamiento que desde hace algún tiempo sostienen evolucionistas y creacionistas, entrando en liza sobre aspectos que nada tienen que ver con sus respectivas teorías.
Parece claro que la teoría de la evolución es cierta. Parece evidente que las especies evolucionan y prosperan, o se extinguen, obedeciendo a los mecanismos de la selección natural. Las especies que saben adaptarse al medio ambiente y lograr una ventaja sobre sus competidores, permanecen. Las que no, desaparecen. Es así de claro.
Sin embargo, los evolucionistas pretenden llevar esa evidencia y su autoridad a un campo que no tiene nada que ver con sus teorías: al origen de las especies. Que Darwin tenga razón en cómo evolucionan las especies no implica que tenga también razón en cómo empiezan. Que alguien sepa cómo funciona una máquina no implica que también sepa quién, cómo y cuando la inventó. Son cosas distintas y llevar la razón de un lado a otro es una conducta intelectualmente fraudulenta.
En el lado de los creacionistas, o en una parte de él, se sostiene también un error: atribuir a Dios lo que no se puede atribuir a las teorías de Darwin. Que la evolución no explique el origen de la vida, porque no lo explica, no significa que la vida la crease divinidad alguna. Recurrir a Dios para dar contestación a las preguntas pendientes nos lleva a los tiempos míticos, en que había un dios de la lluvia, un dios de las tormentas y un dios de las cosechas. Y no es eso. Es todo, menos eso.
Quizás, por una vez, y para dar ejemplo, la comunidad científica tendría que ser verdaderamente científica y no dedicarse a plantear tirabuzones lógicos que expliquen lo que en realidad desconocemos. Hasta hace algún tiempo, se creía que el mundo y la vida habían sido creados por Dios, pero nadie pudo demostrarlo. Hoy se cree que el mundo y la vida se crearon solos, mediante el azar, y nadie ha podido demostrarlo tampoco. Lo que puede parecer un avance sólo es en realidad un cambio de superstición.
Nadie sabe cómo surgió la vida, y todos los intentos por reproducir en laboratorio las condiciones iniciales se han saldado con sonoros fracasos, debidos a problemas e ignorancias muy largas para explicarlas en este momento y que, además, se me escapan en buena parte.
Nadie sabe cómo surgió la vida, y saber cómo evolucionó después no explica ni desautoriza teoría alguna. Unificar los problemas para convertirlos en uno solo es un sistema perfecto para hacer política, pero no para hacer ciencia.
Aunque a lo mejor lo que hay que preguntarse aquí es si la discusión es verdaderamente científica o el trasfondo ideológico ha pasado a primer plano hasta el punto de emborronarlo todo.
Javier Pérez
La estrategia Berlusconi

Luego se echa atrás la memoria y se recuerda que dijo en otra ocasión que había tenido que hacer de playboy para convencer a la presidenta finlandesa de que firmase un acuerdo, o que el gobierno español era "demasiado rosa", por el número de ministras, o que no se extrañaba de que los chinos llegaran a hervir a sus niños.
O sea, que estamos ante un bárbaro y un bocazas. O eso parece.
Sin embargo, y después de reflexionarlo, creo que no se trata de que le den repentes maleducados, sino de una estrategia perfectamente meditada y me gustaría compartir con ustedes esta hipótesis.
Una persona de setenta y pico años que ha conseguido amasar una verdadera fortuna y ganar varias veces las elecciones de su país no puede ser, al mismo tiempo, alguien a quien el impulso del momento le domine por encima de todo cálculo. Si además tenemos en cuenta que Berlusconi se ha hecho rico precisamente con los medios de comunicación, y que sabe muy bien qué es lo que mueve las audiencias televisivas, qué es lo que llega y lo que no llega al público en una serie o un telediario, parece claro que dice lo que dice porque sabe que hay un amplio sector social al que agrada ese tipo de manifestaciones, aunque casi nadie lo reconocería en público.
Y ahí está la clave a mi entender. El movimiento de la corrección política, de evitar todo comentario machista, racista, o xenófobo, ha sido patrocinado por la izquierda como una nueva religión de las buenas intenciones y el respeto a las minorías. Cuando Berlusconi ensaya una de sus salidas de tono lo que está haciendo es quebrar ese muro ideológico, esa nueva estructura de pensamiento que empieza por acotar lo que no se debe decir y acaba por imponer lo que sí se debe decir, lo que se debe pensar, y lo que se debe votar.
La esencia última de la corrección política es imponer una serie de valores muy identificados, en general, con el ideario de la izquierda. Cuando un político como Berlusconi se salta los rituales de esa religión no escrita, lo que está haciendo es dar a entender a su país y a sus votantes que estar con él significa la verdadera libertad de decir cada cual lo que piense y sienta, moleste a quien moleste.
Y el caso es que Berlusconi sigue ganando las elecciones. Quizás porque no somos ni tan solidarios, ni tan igualitaristas como decimos. Y él lo sabe.
A otros les cuesta aprenderlo. Y así les va.
Javier Pérez
lunes 26 de enero de 2009
Domingo (Georges Simenon)
Jamás había necesitado despertador, y cuando al fin oyó su timbre en la habitación de arriba, hacía ya tiempo que, con los ojos cerrados, advertía el sol que se filtraba entre dos minúsculas rendijas de los porticones.Era una buhardilla estrecha, a cuyo techo casi llegaba su cabeza. Conocía todos sus rincones, la cama de hierro y la manta rojo oscuro, la palangana sobre un trípode de madera torneada y el jarro esmaltado en el suelo, el pedazo de alfombra parda que no estaba nunca en su sitio, y habría podido dibujar el contorno de las manchas en los muros encalados, el estrecho marco negro que enmarcaba una Virgen de ropaje azul celeste.
Conocía también el olor un tanto salvaje, especiado, de Ada, a la que siempre costaba arrancar del sueño. Aún no se movía. El despertador seguía tocando y Émile se impacientaba. Su mujer, inmóvil a su lado, en la gran cama de nogal, debía de oído también, pero ella no diría nada, no movería ni un dedo, porque esto formaba parte de su táctica.
Por lo demás, ello carecía de importancia. Había amanecido ya. Lo sabía antes incluso de abrir los ojos, antes incluso de darse cuenta de que el sol se había alzado, antes de oír los gorjeos de los pájaros y el arrullo de los dos palomos.
Arriba, Ada se volvía, tendía un brazo moreno, abierta la camisa hasta medio pecho, con la mano tanteando el mármol de la mesilla de noche.
A veces estaba tan dormida que volcaba el despertador y éste continuaba sonando en el suelo, pero hoy no ocurrió esto. El timbre enmudeció. Hubo todavía un momento de silencio, de inmovilidad. Al fin, sus pies desnudos buscaron en el suelo las zapatillas.
Si le hubieran preguntado a Émile qué sentía esta mañana, le habría costado responder. Se había planteado la pregunta antes de que sonara el despertador. En realidad, no se había sentido distinto de los otros días, de los otros domingos. No tenía miedo. Tampoco tenía ganas, de volverse atrás. No estaba impaciente ni emocionado. Oía, detrás de él, la respiración regular de su mujer, sentía su calor, también su olor, al que nunca se había acostumbrado, tan distinto del de Ada, un olor que hacia la madrugada impregnaba la habitación, un olor a la vez soso y áspero, como de leche cuajada.
En la buhardilla, Ada no se lavaba. Sólo más tarde, concluida la mayor parte de su tarea cotidiana, volvía a subir para lavarse. No se ponía medias ni bragas, se limitaba a ponerse sobre su camisa, que era corta, una bata de tela de algodón rojiza. Apenas pasado el peine por sus cabellos negros y espesos, abría la puerta y bajaba la escalera, donde más de una vez tenía que volver a subir un escalón para recuperar una zapatilla.
Soy en la corriente una isla cercada de luz (Liu Yun)

y la brisa ondula las aguas verdes.
Aunque no tan suave como el lecho del capullo del gusano de seda
soy feliz con el azul de mi vestido.
hay motas de polvo en las mangas de seda de mi dama,
ricas tiaras sobre su lecho de marfil.
Ama, cuando bebas hasta muy tarde,
trae a tu amante a festejar aquí.
miércoles 12 de noviembre de 2008
Los mandamientos del escritor (Stephen Vizinczey)

Escribí esto en respuesta a un ruego de Raymond Lamont–Brown, director de Writer’s Monthly, que me pidió algo «lleno de consejos sensatos y prácticos para quienes son en muchos casos novatos en la ocupación de escribir».
1. No beberás, ni fumarás, ni te drogarás.
Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes.
2. No tendrás costumbres caras.
Un escritor nace del talento y del tiempo... Tiempo para observar, estudiar, pensar. Por consiguiente, no puede permitirse el lujo de desperdiciar una sola hora ganando dinero para cosas no esenciales. A menos que tenga la suerte de haber nacido rico, es mejor que se prepare para vivir sin demasiados bienes terrenales.
Es cierto que Balzac obtenía una inspiración especial de la compra de objetos y la acumulación de enormes deudas, pero la mayoría de las personas con hábitos caros son propensas a fracasar como escritores.
A la edad de 24 años, tras la derrota de la revolución húngara, me encontré en Canadá con unas 50 palabras de inglés. Cuando me dí cuenta de que era un escritor sin una lengua, subí en ascensor al último piso de un alto edificio de Dorchester Street, en Montreal, con la intención de arrojarme al vacío. Al mirar hacia abajo desde la azotea, con terror ante la idea de morirme, pero todavía más de romperme la columna vertebral y pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas, decidí tratar de convertirme en un escritor inglés.
Al final, aprender a escribir en otra lengua fue menos difícil que escribir algo bueno, y viví durante seis años al borde de la miseria antes de estar listo para escribir En brazos de la mujer madura.
No podría haberlo hecho si me hubiesen interesado los trajes o los coches... En realidad, si no hubiera visto otra alternativa que la azotea de aquel rascacielos.
Algunos escritores inmigrantes que conocía trabajaban como camareros o vendedores para ahorrar dinero y crearse una base financiera antes de intentar ganarse la vida escribiendo; uno de ellos posee ahora toda una cadena de restaurantes y es más rico de lo que yo podría llegar a ser, pero ni él ni los otros volvieron a escribir.
Es preciso decidir qué es más importante para uno: vivir bien o escribir bien. No hay que atormentarse con ambiciones contradictorias.
3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir.
No dejes a nadie decirte que estás perdiendo el tiempo cuando tienes la mirada perdida en el vacío. No existe otra forma de concebir un mundo imaginario.
Nunca me siento ante una página en blanco para inventar algo. Sueño despierto con mis personajes, sus vidas y sus luchas, y cuando una escena se ha desarrollado en mi imaginación y creo saber qué han sentido, dicho y hecho mis personajes, tomo pluma y papel e intento relatar lo que he presenciado.
Una vez que he escrito mi relato, a mano y a máquina, lo leo y encuentro que la mayor parte de lo escrito es a) confuso o b) inexacto, o c) tedioso, o d) sencillamente no puede ser verídico. Así, utilizo el borrador mecanografiado como una especie de informe crítico de lo que he imaginado y vuelvo a soñar mejor toda la escena.
Fue este modo de trabajar lo que me hizo comprender, cuando aprendía inglés, que mi principal problema no es la lengua, sino, como siempre, ordenar las cosas en la cabeza.
4. No serás vanidoso.
La mayor parte de los libros malos lo son porque sus autores están ocupados en tratar de justificarse a sí mismos.
Si un autor vanidoso es alcohólico, el personaje de su libro descrito con mayor simpatía será un alcohólico. Este tipo de asunto es muy aburrido para los extraños.
Si crees ser sabio, racional, bueno, una bendición para el sexo opuesto, una víctima de las circunstancias, es porque no te conoces a ti mismo lo suficiente como para escribir.
Dejé de tomarme en serio a la edad de 27 años. y desde entonces me he considerado sencillamente materia prima. Me utilizo del mismo rnodo que se utiliza a sí mismo un actor: todos mis personajes —hombres y mujeres, buenos y malos— están hechos de mí mismo, más la observación.
5. No serás modesto.
La modestia es una excusa para la chapucería, la pereza, la complacencia; las ambiciones pequeñas suscitan esfuerzos pequeños. Nunca he conocido a un buen escritor que no intentara ser grande.
6. Pensarás sin cesar en los que son verdaderamente grandes.
«Las obras del genio están regadas con sus lágrimas», escribió Balzac en Ilusiones perdidas. Rechazo, mofa, pobreza, fracaso, una lucha constante contra las propias limitaciones..., tales son los principales sucesos en las vidas de la mayoría de los grandes artistas, y si aspiras a conseguir su destino debes fortalecerte aprendiendo de ellos.
Yo me he animado con frecuencia al releer el primer volumen de la autobiografía de Graham Greene, Una especie de vida, que trata de sus primeras luchas. También he tenido ocasión de visitarle en Antibes, donde vive en un pequeño piso de dos habitaciones (un lugar diminuto para un hombre tan alto) con los lujos de un aire suave y una vista del mar, pero pocas posesiones aparte de libros. Parece tener pocas necesidades materiales, y estoy seguro que esto tiene algo que ver con la libertad interior que emana de sus obras. Aunque afirma que ha escrito sus «entretenimientos» por dinero, es un escritor dirigido por sus obsesiones sin hacer caso de modas cambiantes e ideologías populares, y esta libertad se comunica a sus lectores. Uno se siente liberado del peso de los propios compromisos, al menos mientras lo lee. Esta clase de logro sólo es posible para un escritor de costumbres espartanas.
Ninguno de nosotros tiene oportunidad de conocer personalmente a muchos grandes hombres, pero podemos estar en su compañía leyendo sus memorias, diarios y cartas. Hay que evitar, sin embargo, las biografias, en especial las que han sido convertidas en películas o series de televisión. Casi todo lo que nos llega sobre los artistas a través de los medios es pura palabrería, escrita por perezosos autores mercenarios que no tienen la menor idea del arte ni del trabajo duro. Un ejemplo reciente es Amadeus, que intenta convencernos de que es fácil ser un genio como Mozart y muy difícil ser una mediocridad como Salieri.
Hay que leer, en cambio, las cartas de Mozart. En cuanto a literatura específica sobre la vida del escritor, yo recomendaría Una habitación propia, de Virginia Woolf; el prefacio de La dama morena de los sonetos, de Shaw; Martin Eden, de Jack London, y sobre todo, Ilusiones perdidas, de Balzac.
7. No dejarás pasar un solo día sin releer algo grande.
En mi adolescencia estudié para ser director de orquesta, y de mi educación musical adopté una costumbre que considero esencial para los escritores: el estudio constante y diario de las obras maestras. La mayor parte de los músicos profesionales de dicha categoría conocen de memoria centenares de partituras; la mayor parte de los escritores, en cambio, sólo tienen el más vago recuerdo de los clásicos, lo cual explica que haya más músicos expertos que escritores expertos. Un violinista que poseyera la técnica de la mayor parte de los novelistas publicados no encontraría nunca una orquesta en la que tocar. Lo cierto es que sólo absorbiendo las obras perfectas, los modos específicos inventados por los grandes maestros para desarrollar una toma, construir una frase, un párrafo, un capítulo, se puede aprender todo lo que hay que aprender sobre la técnica. Nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo, pero si comprendes las técnicas de los maestros tienes más posibilidades de desarrollar las propias. Para decirlo en términos de ajedrez: aún no ha existido un gran maestro que no conociera de memoria las partidas de campeonato de sus predecesores.
No se debe cometer el error común de intentar leerlo todo para estar bien informado. Estar bien informado sirve para brillar en las fiestas, pero resulta absolutamente inútil para un escritor. Leer un libro para poder charlar sobre él no es lo mismo que comprenderlo. Es mucho más útil leer una y otra vez unas cuantas novelas hasta comprender por qué son buenas y cómo las han construido los escritores. Hay que leer una novela unas cinco veces para comprender su estructura, qué la hace dramática y qué le presta ritmo e impulso. Sus variaciones en compás y escala de tiempo, por ejemplo: el autor describe un minuto en dos páginas y luego cubre dos años con una frase... ¿Por qué? Cuando hayas comprendido esto sabrás realmente algo.
Cada escritor elegirá sus propios favoritos entre aquellos de quienes cree que puede aprender más, pero desaconsejo con firmeza la lectura de novelas victorianas, que están infestadas de hipocresía e hinchadas de redundancias. Incluso George Eliot escribió demasiado sobre demasiado poco.
Cuando te sientas tentado de escribir cosas superfluas deberás leer los relatos de Henrich von Kleist, quien dijo más con menos palabras que cualquier otro escritor en la historia de la literatura occidental. Lo leo constantemente, así como a Swift y a Sterne, a Shakespeare y a Mark Twain. Por lo menos una vez al año releo algunas obras de Pushkin, Gogol, Tolstoi, Dostoyevski, Stendhal y Balzac. A mi juicio, Kleist y estos novelistas franceses y rusos del siglo XIX son los más grandes maestros de la prosa, una constelación de genios no superados, como los que encontramos en la música, de Bach a Beethoven, y todos los días intento aprender algo de ellos. Esta es mi técnica.
8. No adorarás Londres–Nueva York–París.
Conozco a menudo aspirantes a escritores de lugares apartados que creen que las personas que viven en las capitales de los medios de comunicación tienen sobre el arte alguna información interna especial que ellos no poseen. Leen las páginas de críticas literarias, ven programas sobre arte en televisión para averiguar qué es importante, qué es el arte en realidad, qué debería preocupar a los intelectuales. El provinciano suele ser una persona inteligente y dotada que acaba por adoptar la idea de algún periodista o académico de mucha labia sobre lo que constituye la excelencia literaria, y traiciona su talento imitando a retrasados mentales que sólo tienen talento para medrar.
Aunque no hay razón para sentirse aislado. Si posees una buena colección de ediciones en rústica de grandes escritores y no dejas de releerlos, tienes acceso a más secretos de la literatura que todos los farsantes de la cultura que marcan el tono en las grandes ciudades. Conozco a un destacado crítico de Nueva York que no ha leído nunca a Tolstoi, y además está orgulloso de ello. No hay que perder el tiempo, por tanto, preocupándote por lo que está de moda, del tema idóneo, el estilo idóneo o qué clase de cosas ganan los premios. Cualquier persona que haya tenido éxito en literatura lo ha conseguido en sus propios términos.
9. Escribirás para tu propio placer.
Ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero. Los dramaturgos son afortunados: con ayuda de los actores pueden extender su mensaje hasta más allá del círculo de los espíritus afines. No obstante, hace sólo un par de años leí en los periódicos americanos las críticas más condescendientes de Medida por medida..., la obra en sí, ¡no la producción! Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo, ¿por qué intentarlo siquiera nosotros?
Esto significa que no vale la pena que te esfuerces por interesarte en algo que te resulta aburrido. Cuando era joven perdí mucho tiempo intentando describir vestidos y muebles. No sentía el menor interés por los vestidos ni por los muebles, pero Balzac experimentaba hacia ellos un apasionado interés, que consiguió comunicarme mientras le leía, así que pensé que debía dominar el arte de escribir excitantes párrafos sobre armarios si quería ser algún día un buen novelista. Mis esfuerzos estaban condenados, y agotaron todo mi entusiasmo por aquello que me había propuesto escribir en primer lugar.
Ahora sólo escribo sobre lo que no me interesa. No busco temas: cualquier cosa en la que no pueda dejar de pensar es mi tema.
Stendhal dijo que la literatura es el arte de la omisión. y omito todo lo que no me parece importante. Describo a las personas sólo en los términos de aquellas de sus acciones, afirmaciones, ideas, sentimientos, que me hayan escandalizado–intrigado–divertido– deleitado a mí mismo o a otros.
No es fácil, por supuesto, ser fiel a lo que realmente nos importa; a todos nos gustaría ser considerados personas llenas de curiosidad por todo. ¿Quién asistió jamás a una fiesta sin fingir interés por algo? Pero cuando escribes tienes que resistir la tentación, y cuando lees lo que has escrito debes preguntarte siempre: «¿Me interesa de verdad esto?».
Si te ves a ti mismo —a tu yo verdadero, no a un concepto imaginario de ti mismo como la más noble de las personas que sólo se preocupan por los niños hambrientos de Africa—, tienes la posibilidad de escribir un libro que agrade a millones. Esto es así porque, quienquiera que seas, hay en el mundo millones de personas más o menos parecidas a ti. Pero nadie quiere leer a un novelista que no piense realmente lo que escribe. El éxito editorial más ramplón tiene una cosa en común con una gran novela: ambos son auténticos.
10. Serás difícil de complacer.
La mayoría de los libros nuevos que leo se me antojan a medio terminar. El escritor se contentó con hacer su trabajo más o menos bien, y luego pasó a algo nuevo.
Para mí, escribir empieza a ser emocionante de verdad cuando vuelvo a un capítulo un par de meses después de haberlo escrito. En esta fase lo miro menos como autor que como lector, y por muchas veces que reescribiera originalmente el capítulo, todavía encuentro frases que son vagas, adjetivos que son inexactos o superfluos. De hecho encuentro escenas enteras que, aunque ciertas, no añaden nada a mi comprensión de los personajes o de la historia y, por consiguiente, pueden eliminarse.
Es en este punto cuando examino el capítulo durante el tiempo suficiente para aprendérmelo de memoria —lo recito palabra por palabra a cualquiera dispuesto a escuchar— y si no puedo recordar algo, suelo descubrir que no era correcto. La memoria es un buen crítico.
sábado 13 de septiembre de 2008
Guía de perplejos (Maimónides)

Tengo que explicarte primero cómo las negaciones son, en cierto modo, atributos, y en qué se distinguen de los atributos afirmativos; después te explicaré cómo no tenemos medio de dar a Dios un atributo, más que por negaciones y no de otra manera. Digo, pues, que el atributo no particulariza al sujeto de tal modo que no participe de ese atributo con otra cosa, antes bien, un atributo lo es también de un sujeto, aunque éste lo participe con otra cosa, no resultando particularización. Si, por ejemplo, viendo un hombre de lejos, preguntas qué es lo que se ve y te responden que es un animal, esto es indudablemente un atributo del objeto visto, pues aunque no lo distinga particularmente de toda otra cosa, resulta de él, sin embargo, cierta particularización, en el sentido de que el objeto visto es un cuerpo que no pertenece ni a la especie de las plantas ni a la de los minerales. Asimismo, si un hombre se encuentra en una casa y tú sabes que en ella hay un cierto cuerpo, pero no sabes qué es, supón que preguntas qué hay allí y que te han respondido que no hay ni mineral ni cuerpo vegetal, resulta de aquí cierta particularización, y tú sabes que lo que hay es un animal, aunque no sepas qué animal es. Por esta parte, pues, tienen los atributos negativos algo de común con los afirmativos, pues producen necesariamente cierta particularización, aunque ésta se reduzca a excluir por la negación todo lo que antes no creíamos que hubiera de negarse. Pero he aquí el lado por el que los atributos negativos se distinguen de los afirmativos: los atributos afirmativos, aun cuando no particularizan. indican siempre una parte de la cosa que se desea conocer, ya una parte de la sustancia, ya uno de sus accidentes, mientras que los atributos negativos no nos dan a conocer en manera alguna qué es realmente la esencia que deseamos conocer, como no sea accidentalmente, como hemos dado ejemplos de ello.
Después de esta observación preliminar, digo: es cosa demostrada que Dios, el Altísimo, es el Ser necesario, en el cual no hay composición.
De Él no alcanzamos sino que es, pero no lo que es. No se puede admitir, por tanto, que tenga atributos afirmativos, pues no tiene ser fuera de su quiddjtas, de modo que el atributo no puede ser ninguna de las dos cosas. Con mayor razón su quidditas no puede ser compuesta, de manera que el atributo pueda indicar sus dos partes y con mayor razón todavía no puede tener accidentes que puedan ser indicados por el atributo. No hay, pues, manera de dar a Dios ningún atributo afirmativo.
Hay que servirse de los atributos negativos para guiar el espíritu a lo que se debe creer de Dios; pues de ellos no resulta ninguna multiplicidad y llevan al espíritu al término de lo que al hombre es posible alcanzar de Dios. Pues se nos ha demostrado, por ejemplo, que existe necesariamente algo fuera de las esencias percibidas por los sentidos, a cuyo conocimiento llegamos por medio de la inteligencia, de ese algo decimos que existe, lo que quiere decir que es inadmisible que no exista. Comprendiendo luego que no ocurre con ese Ser como con el intelecto, que, aunque no sea un cuerpo, ni carezca de vida, es, sin embargo, producido por una causa, decimos que Dios es eterno, lo que significa que no tiene causa que lo haya hecho existir. Luego comprenderemos que a la existencia de ese Ser, la cual es su esencia, no le basta para existir El solamente, sino que, al contrario, de ella emanan numerosas existencias, y no como el calor emana del fuego, ni como la luz proviene del sol, sino por una acción divina que les da la duración y la armonía, gobernándolas bien, como expondremos. Y por todo eso atribuimos a Dios la potencia, la ciencia y la voluntad, queriendo decir con estos atributos que no es ni impotente ni ignorante, ni aturdido ni negligente. Si decimos que no es impotente, esto significa que su existencia basta para hacer existir cosas distintas de El; no ignorante significa que percibe, es decir, que vive, pues todo lo que percibe tiene vida; con no aturdido ni negligente queremos decir que todos esos seres siguen un cierto orden y régimen, que no son abandonados ni entregados al azar, sino que son como todo lo que está conducido con una intención y una voluntad, por Aquél que lo quiere. Finalmente comprendemos que ese Ser no tiene semejante, así que si decimos que es único, esto equivale a negar su pluralidad.
Es, pues, evidente que todo atributo que le prestemos, o es un atributo de acción, o -si tiene por objeto hacer comprender la esencia de Dios y no su acción- debe ser considerado como la negación de una privación.
Pero no hay que servirse de esas mismas negaciones para aplicarlas a Dios, sino de la manera que sabes; quiero decir, que se niega algunas veces de una cosa lo que no está en su condición poseer, como cuando decimos de la pared que no ve.
Tú sabes, oh lector de este tratado, que nuestras inteligencias son demasiado débiles para comprender la quidditas del mismo cielo -y eso que es un cuerpo movido, y que lo hemos medido por palmos y codos, hasta abrazar con nuestra ciencia las medidas de ciertas partes suyas y la mayoría de sus movimientos- aunque sabemos que tiene necesariamente materia y forma, aunque no es una materia como la que está en nosotros, por lo que no podemos calificarlo más que con palabras imprecisas y no con una afirmación precisa. En efecto, decimos que el cielo no es ni ligero ni pesado, que es impasible y que por eso no recibe impresión, que no tiene gusto ni olor, y otras negaciones semejantes; todo por nuestra ignorancia sobre esa materia. ¿Qué sería de nuestras inteligencias si tratan de alcanzar a Aquél que está exento de materia, que es de una simplicidad extrema, Ser necesario, que no tiene causa y que no está afectado por nada añadido a su esencia perfecta, cuya perfección significa para nosotros negación de imperfecciones, como hemos expuesto? Pues no alcanzamos de Él otra cosa sino que es, que hay un Ser, al que no se parece ninguno de los seres que Él mismo ha producido, que no tiene absolutamente nada de común con estos últimos, en el que no hay ni multiplicidad, ni impotencia de producir lo que está fuera de Él, y cuya relación con el mundo es la del capitán con el navío. No es que esta sea la relación verdadera, ni que la comparación sea justa, pero sirve de guía al espíritu para que éste comprenda que Dios gobierna los seres, es decir, que los perpetúa y mantiene en orden, como es menester.
¡Alabanza a Aquel que, cuando las inteligencias contemplan su esencia, la comprensión se cambia en incapacidad, y cuando examinan cómo sus acciones resultan de su voluntad, la ciencia se cambia en ignorancia, y cuando las lenguas quieren glorificarlo con atributos, toda elocuencia se convierte en un débil balbuceo!

